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martes, 18 de octubre de 2022

Defensas costeras del Reino de Granada (Reglamento de 1764)

Durante los siglos XVI y XVII, las torres almenaras demostraron ser útiles a la hora de dar la alerta ante las incursiones de piratas norteafricanos en toda la costa mediterránea. Pero cuando cambió el enemigo, o sea, que hablamos de los ingleses, fue necesario mantener a raya su artillería naval. Se decidió entonces la construcción de fuertes y baluartes adaptados a esos nuevos usos de la guerra.
Fue en la segunda mitad del siglo XVIII cuando el rey Carlos III, y sus ilustradas ideas, decide promover nuevas construcciones, a la vez que reorganizar las milicias, publicando para ello un Reglamento el 18/agosto/1764 —“Reglamento que Majestad manda observar a las diferentes clases destinadas al Real servicio de la costa del Reino de Granada en 1764”—, donde se recogen un plan de fortificación de la costa, el despliegue necesario de tropas y los recursos disponibles para llevar a cabo tal empresa. Todo fue como conclusión del informe que redactó el mariscal de campo Antonio María de Bucarelli y Ursúa, que trataba sobre la situación de las hasta entonces defensas en el litoral.
A lo que se añadirían las dotes diplomáticas del rey, que se tradujeron en la firma de distintos Tratados de Paz y Comercio, —en 1767 se firma un acuerdo de pasa y comercio con Marruecos, y otro con los turcos en 1782—, con lo que la tranquilidad en el Mediterráneo fue un hecho, consiguiéndose terminar con lo que parecía el eterno problema español en el Mediterráneo: la piratería; cosa que no ocurría desde la Edad Media.
Castillo del Marqués en Vélez-Málaga.

El Reglamento, que en su preámbulo decía que:
…y que tratando primero el reparo de las actuales fortificaciones, siga el de las torres que nuevamente se han de construir y, concluidas éstas, pase al de los fuertes y baterías… ”, 
dividió la costa del Reino de Granada en diez mandos, y determinaba que debía de haber un total de 113 edificaciones defensivas: 80 torres almenaras, 19 fuertes, 12 torres batería y 2 casas fuertes para caballería, que conformarían una barrera artillera y disuasoria ante navíos enemigos.
Antonio Gil Albarracín en su estudio La defensa de la costa del Reino de Granada durante la Edad Moderna y Contemporánea, nos enumera la necesidad de fortificaciones que establecía el Reglamento:


Para poder llegar a esa cifra, el rey dispuso construir 8 atalayas, 12 baterías para 2 cañones, 9 baterías para cuatro cañones y 2 casas fuertes para caballería, más la reparación, ampliación y refuerzo de las existentes.


Este ambicioso plan fue encargado a José Crame —Cramer, Crane, Cranne o Kramer (¿?)—, brigadier del ejército e ingeniero, que diseñó cuatro proyectos genéricos para construir las fortificaciones que requería el Reglamento: atalayas, torres para dos cañones, baterías para cuatro cañones y cuarteles de caballería. También proyectó las reformas a llevar a cabo en las edificaciones existentes, para poder incorporarse al nuevo dispositivo defensivo. Este ingeniero y militar es una de las seis personas con ese mismo apellido y profesión del siglo XVIII español, y sin que haya aparecido documnentación que lo relaciones con los demás. 
Muchas de las de nueva planta serían financiadas por particulares, a cambio de recompensas en grados militares, y que en algunos casos serían el inicio de sus carreras.
Torre del Cristal, Villaricos, Cuevas de Almanzora.

Siguiendo con el estudio de Antonio Gil Albarracín, vemos el listado de edificaciones: atalayas, torres, baterías y casas fuertes, con los nombres de sus adjudicatarios y la recompensa ofrecida por el Rey.




De poniente a levante, las torres de dos cañones fueron:

Málaga, Marbella, Torre del Lance las Cañas.

Málaga, Mijas, torre de la Cala del Moral.

Málaga, Fuengirola, Torre Blanca (desaparecida).

Málaga, Vélez Málaga, Benajarafe, Torre Moya.

Málaga, Nerja, La Torrecilla.

Granada, Almuñécar, Torre de Punta Galera, de Taramay o fortín de Velilla.

Granada, Polopos, Castillo de Baños de Arriba, Fortín de Baños.

Almería, Roquetas de Mar, Torre de los Bajos (desaparecida).

Almería, Carboneras, Torre de Mesa Roldán.

Almería, Mojácar, Torre de Macenas (sustituyó a la prevista en la Rambla de los Moros).

Almería, Cuevas de Almanzora, Villaricos, Torre del Cristal.


Esta lista no es del todo coincidente con la del estudio de Antonio Gil Albarracín, pues en ella no figura la torre Blanca que se construyó en el término de Mijas, en terrenos de la actual Fuengirola, y que fue demolida en 1960 para ensanchar la carretera N-340.

Igualmente, no encuentro datos que sitúen en Adra una torre para dos cañones. En esta población sólo me constan el castillo de Adra, muy anterior a los finales del siglo XVIII, y las torres almenaras de Guainos y Alhamilla.





De poniente a levante, los fuertes son:

Málaga, Manilva, Sabinillas, Castillo-fuerte de La Duquesa.
Málaga, Vélez-Málaga, Valleniza, Fuerte del Marqués.
Granada, Almuñécar, La Herradura, Fuerte de La Herradura.
Granada, Motril, Carchuna, Fuerte de Carchuna.
Almería, El Ejido, Fuerte de Guardias Viejas.
Almería, Níjar, Los Escullos, Fuerte de San Felipe.
Almería, Níjar, El Playazo de Rodalquilar, Fuerte de San Román.
Almería, Garrucha, Fuerte de Las Escobetas o de Jesús Nazareno.

Y las Casas fuertes para caballería fueron dos:
Málaga, El Rincón de la Victoria, Casa fuerte de Bizmiliana.
Almería, Casa fuerte de La Cruceta o de Casas Fuertes.
Casa fuerte de caballería de La Cruceta, Almería.

Estas torres, fuertes y casas para caballería estuvieron en activo durante la Guerra de la Independencia, sufriendo grandes perjuicios a causa de la propia ocupación francesa en algunos casos —a fin de que el enemigo no pudiera disponer de la artillería en ellos instalada—, también por los ingleses, nuestros aliados en esa guerra, que así conseguían que las costas quedaran accesibles e indefensas para su armada y aumentar así su supremacía naval.
Desde entonces, y ante la imposibilidad de asumir económicamente su mantenimiento —la economía española no estaba para ello, con la independencia de países americanos de por medio y una guerra civil—, a lo que se añadieron los cambios introducidos por los nuevos sistemas de armas, se hizo imposible su reconstrucción. Se transformaron en cuarteles del Cuerpo de Carabineros, incluso pasaron a particulares.
Pero a pesar de ello fueron capaces de demostrar su eficacia en la Guerra Civil, aun cuando se creía que ya la habían perdido; a partir de 1940 pasaron a la Guardia Civil, como cuarteles o como puntos de vigilancia, lo que obligó a realizar en ellos modificaciones encaminadas a su adaptación al nuevo uso.

Nota curiosa: los presupuestos que se manejaron fueron:
Atalayas, 13.000 reales cada una.
Torres para dos cañones, 85.000 reales por unidad.
Baterías para cuatro cañones, 200.000 reales cada una.
Casas fuertes para caballería, 72.000 reales.

martes, 9 de enero de 2018

La Vía de la Plata (1)

En numerosas ocasiones de mi vida he recorrido algunos tramos de la Vía de la Plata, casi siempre deprisa, sin apenas detenerme, porque entonces lo importante era el destino, reduciendo el tiempo si era posible. Y las paradas se reducían a un corto descanso y vuelta a seguir. Incluso a veces el camino lo he hecho en tren —lo cual, por cierto, es imposible hoy ante la inexistencia de ese servicio y la desaparición física de muchos kilómetros de vías—. Nunca me había planteado otro motivo de viaje que no fuera el propio trayecto; siempre estuvo primero y únicamente, ya lo he dicho, como finalidad el destino: un lugar donde estudiar, donde trabajar, donde visitar a familiares o donde terminar el viaje, entendido éste como un mero desplazamiento.
Es hora pues de hacerlo con más relajo, con otros ojos; o mejor, con los mismos pero fijándolos casi en exclusiva en esos otros que jalonan el paisaje, esos que vigilan los caminos —no recuerdo dónde lo leí y lo lamento, alguien escribió que los castillos son los ojos de los caminos—.
En verde, la original Vía de la Plata.

La Vía de la Plata no fue una más de las muchas vías que construyeron los romanos sino que fue una de las más importantes. Para entenderlo así basta mirar un mapa de la Península Ibérica en el que se reflejen todas las vías romanas e inmediatamente se podrá interpretar que la línea casi vertical que la de la Plata traza sobre el plano y que va desde Augusta Emerita hasta Asturica Augusta, era el camino más corto y rápido para unir sur y norte, la asentada Bética con la Gallaecia por conquistar. Más tarde, en la Edad Media cambia el sentido, y fue de norte a sur, que ese era la dirección de la Reconquista. Y viceversa, cuando uno de los caminos de Santiago, el Mozárabe, discurrió y discurre sobre ella. Para ir decayendo en el siglo XVIII con la implantación de un incipiente sistema radial de caminos, que se vería potenciado a principios del siglo XX cuando esa estructura radial se potencia y consolida.
Curiosamente, dos mil años después de que los romanos la trazaran y ejecutaran, sigue vigente su itinerario, aunque bastante más ampliado. Sobre él discurre la actual Vía, que fue ampliada, manteniendo su nombre en el tramo clásico y extendiéndolo en el nuevo trazado.  Por el norte la Vía llega hasta la ciudad de Gijón —la apertura al mar, necesaria para las comunicaciones, los transportes, la economía en definitiva—; y hasta Sevilla por el sur —otra vez las comunicaciones, etc., y la salida al mar, que Sevilla es puerto, fluvial pero puerto—. Si bien, en muchos tramos, y para fortuna del camino original, la nueva carretera discurriría por trayectos paralelos.
Admitido pues el aumento que la Vía ha tenido en el pasado siglo, y que le ha hecho crecer de los 470 km que distan Mérida y Astorga, a los 830 km que separan Sevilla y Gijón —siempre contándolos sobre el trazado actual—, me dispongo a recorrerla ahora, aunque sólo sea en el papel, para situar en éste todos los castillos de la ruta y que tanto me gustaría pasear.
Decía más arriba que era hora de pasar sobre la Vía de la Plata con más calma, sí, y ojalá pudiera hacerlo de una manera explícita, con la voluntad de detenerme a cada instante si el paisaje lo requiere, o desviándome ligeramente si las circunstancias lo demandan; sin importarme la exactitud del camino ni la precisión de la ruta —ni, por supuesto, el tiempo empleado—, permitiéndome la licencia de aproximarme a fortificaciones cercanas que no me alejen en exceso de mi camino.
Partiría, llegado el deseado momento, desde Sevilla. Y no sólo por ser inicio o fin de la Vía, sino porque es la ciudad donde resido, y eso me facilita las cosas. Mientras tanto dejemos en el papel virtual de esta CasadelaTercia todos los castillos que flanquean la Vía y los que hay un poco más allá. Voy a por ellos.

sábado, 30 de enero de 2016

Por qué la Heráldica

No es mi intención desarrollar en esta entrada un tratado sobre heráldica —¡válgame Dios!—, a la que llego por culpa de mi original afición a buscar y encontrar lo que llamo recurrencias castellológicas. Sino aproximarme un poco a ella, a sus curiosidades y particularidades. Aprovechar esa circunstancia para así salir del estado de desconocimiento en el que me encuentro sobre la materia. Es decir, navegar por la heráldica a través de, en primer lugar, los municipios españoles en cuyos escudos figura como mueble un castillo o una torre, o similar. Y de ahí al castillo si es que existe o ha existido, como vengo haciendo con los vinos.
Pero bueno, algunos conocimientos sobre heráldica sí tengo, pero tan básicos como insuficientes. Desde luego algo más amplios que la sucinta definición que la RAE hace del término heráldica, perteneciente o relativo a los blasones; arte del blasón. Busco blasón que esto habrá que llenarlo un poco más.
Blasón:
— arte de explicar y describir los escudos de armas de cada linaje, ciudad o persona.
— cada figura, señal o pieza de las que se ponen en un escudo.
Y tercera acepción, escudo de armas.
De esto va la cosa: escudos y castillos. Y de paso un glosario, que aunque hay algunos colgados en internet, no estará mal redactar uno y dejarlo en ésta mi casa de la tercia, para tenerlo siempre a mano. Y de esa manera ir conociendo términos y conceptos.
Pero vayamos poco a poco que de un tirón sería imposible. Porque a ver: si en España hay más de 8.000 municipios y yo tengo contabilizados más de 7.000 edificaciones de carácter castellológico, deduzco que deben ser muchos los que en su escudo luzcan un castillo o similar. Por ejemplo, en la provincia de Huelva, que tiene 81 municipios, he contabilizado 42 edificios y 39 escudos con el castillo o similar como mueble. Claro que en algunos de ellos el castillo que figura no es referente a alguno existente o que hubiera existido. Y viceversa, hay municipios que teniendo castillo no lo reflejan en su escudo.
Bueno, seamos pragmáticos: vayamos al escudo que tenga castillo, veamos por qué lo tiene y demos un corto paseo por el lugar.
De todas formas y extrapolando los datos anteriores, en España debe haber más de 4.000 municipios con recurrencia castellológica en sus escudos. Demasiados me parecen.
Lo dicho, vamos poco a poco.

viernes, 22 de enero de 2016

El verbo "recurrir"

La segunda acepción del verbo “recurrir”, según el diccionario de la RAE es: “acogerse en caso de necesidad al favor de uno, o emplear medios no comunes para el logro de un objeto”. De todas, es la que se aproxima algo al significado que en ocasiones se le da a ése verbo sin, seguramente, tenerlo; o a su participio activo “recurrente”, o al sustantivo “recurrencia” que sólo tiene un significado y es aplicable a las matemáticas, tan alejado del lugar donde quiero ahora ubicar mi idea.

 

Y mi idea es intentar explicar, o explicarme, por qué se utiliza con tanta frecuencia, y mejor o peor fortuna, la imagen de un castillo, o de otros edificios medievales, o de símbolos, títulos nobiliarios y topónimos —a veces inventados—, para denominar o marcar, como distintivo o señal que el fabricante pone a los productos de su industria, y cuyo uso le pertenece exclusivamente”, tantos y tantos productos de uso cotidiano, generalmente en el campo de la alimentación.

Y más concreto en el mundo del vino, que fue lo primero que me llamó la atención: cuántos vinos llevan el nombre de un castillo, real o ficticio; o en su etiqueta figura dibujado uno, inventado o no; o una alegoría, un emblema, un nombre, un detalle que asocie el producto con el símbolo y así hacerlo más atractivo para el consumidor.

Pero no sólo es en los vinos en particular, o en la alimentación en general, donde observo el uso de una iconografía castellológica. En otros campos también; la publicidad lo utiliza con frecuencia, de manera generosa, y el castillo en su paisaje, se deja usar y abusar: es un elemento, un recurso, un motivo recurrente.

Y qué decir de la Heráldica, ese arte que a modo de ciencia trata de describirnos los escudos de armas y explicarnos sus componentes y sus porqués. De manera incontable observamos la inserción de elementos y edificaciones arquitectónicas en los escudos, principalmente castillos y torres que, en muchos casos, hacen alusión a alguno del lugar, existente o desaparecido, en el caso de topónimos. Y en los demás casos, no lo sé. Así que aquí también otro recurso recurrente.

 Voy a ver hasta donde llego buscando el uso noble, y también el abuso, de imágenes medievales a través de etiquetas de vino, de escudos, de billetes de lotería, o de sobrecillos de azúcar o de cualquier otro producto; o yo qué sé, de lo que se me cruce por el camino.

 Pero todo sea procurando no pararme en calidades, ni en sabores; reparar sólo en la curiosidad que el nombre me despierte, e intentando encontrar la realidad del recurso recurrente utilizado.

Y por supuesto, llegado el caso y si lo merece, elogiar o censurar el acierto o la torpeza del diseño.

Así que, si fue en las botellas de vino donde, en primer lugar, observé la “recurrencia”, sean los vinos el objeto de las primeras entradas a mi casadelatercia, que irán creciendo con otros productos —al menos así lo espero—, u objetos, o cualquier cosa que, castellológicamente hablando, sea merecedora de mi curiosidad.

Aunque es la palabra recurrencia la que en principio sentí como más acertada para denominar estas cuestiones, creo más correcto, a fin de no molestar al gremio de los matemáticos, decantarme por lo de recurso —ayuda o medio del que una persona se sirve para conseguir un fin o satisfacer una necesidad— recurrente —que ocurre, aparece o se realiza con cierta frecuencia o de manera iterativa.

Pues así lo haré, cuando me parezca.

Nota: hace algún tiempo que hice desaparecer de este blog las entradas relativas a las recurrencias. Ahora se pueden encontrar en otro que denomino precisamente recurrencias castellológicas, en el que voy ampliando el tema a otras cuestiones y productos.

 

  


martes, 29 de diciembre de 2015

Paseos fingidos

 Llevo tiempo pensando que, con toda seguridad, hay castillos, torres y similares que no podré ver en mi vida. La edad ya no me lo va a permitir. Todos esos quedarán fuera de mi casadelatercia. Y no lo lamento, ¿qué se le va a hacer?, lo que no puede ser, no puede ser; y además es imposible, que me decía un señor mayor, hace muchos años, en mi pueblo.

Pero lo que sí puede ser es que todos esos que sí he visto y que por desgracia no han quedado reflejados en fotografías, porque hubo un tiempo en que hacer fotos era caro y no estaba al alcance de todos —el desarrollo de esa afición era muy limitado y lo condicionaba el dinero; bienvenido el digitalismo—, decía que aquellos que sí he conocido pero no fotografiado, pudiera ser que los haga llegar aquí previa recopilación de datos, claro está, y posterior apropiación debida/indebida de imágenes en la red. Es una magnífica idea.

Como también podría ocurrir con todos los castillos que, habiendo estado muy cerca de ellos o vistos en la lejanía desde el coche que conducía o desde un vagón de tren, me ha sido imposible pasearlos porque las condiciones del viaje lo dificultaban: por culpa de los tiempos, sobre todo por ése que nos permite medir la duración de los acontecimientos y que a veces o casi siempre es un tirano; o por la Compañía, la que viene siempre, o la que circunstancialmente surja en cualquier viaje, decidió que los movimientos los tenía previamente programados y cambiarlos resultaría complicado; que no todo el mundo tiene el mismo gusto.

Por lo que sea, pasas cerca y las condiciones no permiten que te detengas; sigues adelante, lo miras de reojo ahí al lado, o allá lejos, porque si fijaras la vista más de tres segundos sería posible que te salieras del camino y no volvieras a entrar en él. No te da tiempo a tirar de cámara para dejar constancia aunque sólo sea de una imagen, un instante, un oye que yo pasé a tu lado.

Y en cuanto puedes, anotas el nombre del lugar, la carretera por la circulas, kilómetro incluso, para luego mirar un mapa e intentar localizar aquella torre que solo era un punto muy lejano.

Lo dicho, cuántos castillos, torres y similares podría aún traer aquí. Aunque sólo sea una breve reseña, unas frases con datos básicos y unas cuantas fotografías de otros autores, es evidente, pero dejando en el pie de la foto la página de donde la haya obtenido.

Todo esto se me ocurrió hace unos días, visitando la villa de Alarcón —de la que aún no he escrito nada, pero no olvido el deber, un día de estos lo hago—, y comprobé que en una sola jornada me era muy difícil ver tanto, pasear tantas piedras viejas, lo que no puede ser, no puede ser; y además es imposible, que decía más arriba.

Y como aquel día el tiempo no me alcanzó un último paseo, decidí fingir e imaginar que lo hacía desde el espléndido mirador sobre el meandro norte del Júcar donde se levantan las torres de Los Alarconcillos y de Cañavate. Y allí mismo bauticé la acción: paseo fingido, pero sin pretender engañarme ni engañar a nadie.

Su definición queda como sigue:

Paseo fingido es el aparente recorrido que no se realiza andando por lugar alguno, sino tranquilamente sentado ante el ordenador, para terminar presentando como real algo que apenas si lo fue. Es una simulación sin ánimo de engaño, es un no pudo ser pero hago lo que puedo.

Y no me lo reproches, que quien hace todo lo que puede no está obligado a más.

Hasta aquí he llegado.

lunes, 16 de noviembre de 2015

De Castro Marim a Arrifana

Llega a mis manos y a mi vista, una relación de fortificaciones, la mayoría no medievales, que mirando al mar se alinean a lo largo de la costa del Algarve portugués: desde el río Guadiana hasta el cabo de San Vicente, más dos al norte de este último. Y digo que llega a mi vista porque viene acompañada de unos maravillosos dibujos de la época que representan esquemáticamente la planta y situación de las edificaciones, unidas a una exquisita caligrafía. Fueron dibujados, a la acuarela, hacia 1790 por un tal José de Sande Vasconcellos y quedaron incluidos en una publicación que se llamó “Mapa de todas las plazas, fortalezas y baterías del reino del Algarve”.



Su visión me hace imaginar y desear un viaje para conocerlas y pasearlas, aunque enseguida me doy cuenta que, seguramente, no todas estén en pié; algunas, por su tamaño, deben haber desaparecido, pero es posible que la mayoría aún pervivan en mejor o peor estado. Habría que comprobarlo. En esa lista no quedan incluidas las torres, castillos o recintos amurallados, medievales del Algarve, por lo que habría que ampliarla conforme los visitara.



El catálogo de fortificaciones comienza con Alcoutím, que precisamente no mira al mar sino al río Guadiana, y por eso la incorporaré a lo que es mi paseo remontando este río. Paseo que ya comenzó en Ayamonte, castillo y baluartes, en el lado español de la desembocadura del Guadiana y que continuó, en otro artículo, con el castillo de Castro Marím.

Sigue la lista, y aquí sí se podría decir que comienza la costa del Algarve, con el fuerte de San Sebastián y el revellín de San Antonio en Castro Marín. Y entre este y el siguiente lugar de referencia, que es la fortaleza de Cacella (Cacella Velha), algunas baterías, que a saber si aún existen.





Después la fortaleza de San Juan en la barra de Tavira, en Cabanas de Tavira; y en Tavira la de San Antonio. Claro que en Tavira hay que entrar en la ciudad y subir al castillo, y recorrer lo que queda de sus murallas. Pero la lista que comento no incluye el castillo ni las murallas, por ser medievales, y Vasconcellos sólo recopiló y dibujó las fortificaciones modernistas. Aquellas caminan por otros derroteros.




Pasado Fuzeta, muy cerca de Olhao, la fortaleza de San Lorenzo, en la barra de Faro, muy cerca de Olhao. Y en seguida Faro, plaza fuerte amurallada; tranquilo paseo, que el lugar lo merece. Luego los fuertes de Nuevo Loulé y Vallongo, y algunas bacterias más.













Superado Albufeira, llegamos a la fortaleza de N. Sra. de la Encarnación en Carvoeiro, más baterías: Baileira, Pinhao, Piedade, Burgao;  y más fuertes: N. Sra. De la Luz, Almadena, Figueira.



















Y así hasta la Punta de Sagres. Junto a ella la fortaleza de Beliche y en seguida la del Cabo de San Vicente, donde el faro nos avisa de que la costa gira, hacia el Norte, donde encontraremos, antes de que el Algarve termine, las  dos fortificaciones que quedan: la fortaleza de Carrapateira y la de Arrifana.






Sé que aún hay muchas más en esta costa bella y larga; densa en todo tipo de fortificaciones, de todos los tamaños, de muchos estilos. Y también tierra adentro, castillos que ahora no nombro, porque me he limitado a enumerar los del libro de Vasconcellos. Pero no ha de quedar ahí mi paseo por el Algarve, he de procurar no dejar ninguno olvidado.
A ver si me pongo y los cuento todos.

martes, 21 de julio de 2015

Torres almenaras en la costa de la Luz



La costa de la Luz

El conjunto de torres almenaras que encontramos a lo largo de la costa onubense, casi 120 kilómetros, fueron construidas durante el reinado de Felipe IV, finalizándose en 1638. Su construcción se había decidido en época de Felipe II (1556-1598), abarcando dicho proyecto desde la desembocadura del río Guadiaro, en el actual Sotogrande (San Roque, Cádiz) hasta el Cabo de Santa María, en Faro. 
Era tónica general, en casi todos los países mediterráneos, la construcción en su litoral de fortalezas, baluartes, torres y otros edificios de carácter militar y defensivo, debido a la inseguridad de la zona, durante toda la Edad Moderna, que provocaban las incursiones de los piratas, sobre todo berberiscos y turcos. Pero sin olvidar, claro está, a los holandeses e ingleses.
En el caso de la costa de Huelva, esta cuestión era mucho más acusada, pues el litoral comprendido entre las desembocaduras de los ríos Guadiana y Guadalquivir estaba totalmente indefenso, reduciéndose la defensa a los castillos de algunas poblaciones, pero tierra adentro, como los de Lepe, Cartaya, Huelva o Ayamonte. Esto me ha llamado siempre la atención: no hay en toda la costa ninguna edificación o resto de alguna, de época medieval. Curioso al menos.
Esta empresa fue encargada a don Francés de Álava, capitán de Artillería, en 1577. Aunque fue el comisionado real don Luis Bravo de Lagunas, comendador de la Orden de Alcántara,  quien recorrió todo el litoral en la búsqueda de los emplazamientos más idóneos y la forma de costear las obras; todo de acuerdo con las autoridades locales. Fue precisamente esto último, la financiación, lo que demoró considerablemente el proyecto que, como ya se ha dicho, no finalizó hasta 1638, sesenta y un años después de haberse concebido. Las obras se realizaron según diseños de Juan Martín de la Puente, y algunas de ellas fueron reconstruidas durante la primera mitad del siglo XVIII.

Mientras tanto, en el resto de la costa mediterránea andaluza, también se estaba levantado otra línea de torres almenaras.
Las características constructivas y planimétricas de estas torres eran similares, aunque ninguna es igual a otra. En el caso de las onubenses, éstas son de cuerpo troncocónico, a veces sobre un plinto; una única puerta orientada al norte, o sea al lado contrario al mar, y situada a media altura, a la que se accedía mediante una escalera de madera que se recogía dentro de la torre. En su interior, una cámara cubierta con una bóveda semiesférica (o dos cámaras superpuestas, como sucede en la de Canela y la de Umbría, las más grandes de las de Huelva); bajo ella, un aljibe o un pozo donde la guarnición pudiera disponer de agua sin tener que salir de la torre. En cuanto a los materiales utilizados, sillares de piedra del lugar y enfoscado exterior; las bóvedas de ladrillo.
Desde la cámara, una escalera, de caracol, comunicaba con la terraza superior, lugar donde se realizaba la almenara o fuego que se encendía en la atalaya para dar aviso de algún peligro o cuando se aproximaba alguna embarcación que hacía suponer alguna amenaza: de día el sonido de la caracola, de noche la luz del fuego. Esta actividad es la que había dado nombre a este tipo de torres.
La palabra almenara deriva del árabe “al-manára”el lugar de la luz, algo así como un faro; así que me hace suponer que el nombre que recibe toda esta costa, turísticamente hablando (Costa de la Luz), no es sólo por el espectacular sol que se disfruta en ella, sino también por esta reminiscencia histórica.
La guarnición de la torre era de número variable, aunque casi siempre hubo dos torreros y dos artilleros por torre, ya que disponían de alguna pieza de artillería en la terraza superior.

En general se levantaron a distancia similar unas de otras, y no sólo con finalidad defensiva, sino también como lugares de aguada protegidos para las flotas de bajura. Es por aquella razón, la equidistancia de su ubicación, y también la orografía del terreno, por lo que se podría suponer que se construyeran más torres que las que han llegado hasta nuestros días, como es el que caso de la que posiblemente existió en la playa de la Punta del Caimán, a medio camino entre la de Canela y la del Catalán, que parece ser aparecía en el primitivo proyecto de don Luis Bravo de Lagunas. Igualmente pudo ocurrir en otros lugares, tal vez en El Portil o El Rompido, o en Mazagón.
Pero de haber habido más, faltarían cuatro; basta ver la situación de las existentes en un mapa de la costa para observar las distancias superiores que existen entre la de Canela y la del Catalán (Torre de la Punta del Caimán, Isla Cristina); y entre la del Catalán y la de Umbría (Torre Marijata, El Portil), y entre las de Arenilla y la del Oro (Torre de la Morla, Mazagón).

Por útimo, leo en una página de la red (demasiadas cosas se leen) que en Ayamonte pudo existir otra denominada Torre Angustia, aunque por el nombre tal vez sea una confusión con el baluarte de las Angustias.
Así, y debido a las alteraciones de la corteza terrestre, a las particularidades de la costa de Huelva y al paso de los cuatro últimos siglos, es probable que, al igual que algunas torres ya no conservan su primitiva ubicación (desde la de Canela ya no se ve la playa, por ejemplo), algunas otras hayan desaparecido, bien engullidas por el mar o desmanteladas por la mano del hombre, o literalmente se han desplazado como la de la Higuera. Siempre y cuando sí se hubieran construido, porque algunas de las proyectadas no llegaron a levantarse por motivos económicos, por lo que seguramente y en definitiva, las que ahora conocemos son las que se construyeron. Dejémoslo ahí.

Actualmente en la costa de Huelva se localizan, en mejor o peor estado de conservación, las siguientes diez torres, de Oeste a Este:

Torre Canela o Canales en Ayamonte
Torre del Catalán en Lepe (antiguamente conocida como de Sierra Bermeja)
Torre de Umbría en Punta Umbría
Torre de Arenilla en Palos de la Frontera
Torre del Río de Oro en Mazagón
Torre del Asperillo, torre de la Higuera, torre de Carbonera, torre de Zalabar y torre de San Jacinto en Almonte.

Mencionar por último que en el término de Cartaya existió otra torre, desaparecida hacia 1900, que aunque fue edificada mucho antes que las que ahora tratamos, bien pudo formar parte de la línea de torres almenaras pero que, a diferencia de estas, estuvo almenada. Se situaba al norte de la del Catalán y en la margen derecha del río Piedras. Se la conocía como la torre del Terrón. No debe ser incluida en el grupo de las previstas durante el reinado de Felipe II.

























lunes, 6 de julio de 2015

El río Guadiana

De entrada digo que el río Guadiana es el más río de todos los ríos de la península Ibérica. La opinión no es porque este castillero sea extremeño y ese río riegue la que es mi tierra, que también lo hace el Tajo, pero éste es un poco menos río.El río Guadiana es más río porque etimológicamente así lo es pues su nombre, según aprendí hace mucho tiempo,  es la conjunción de otros dos: “wad”, palabra árabe que significa río; y “ana”vocablo prerromano que también significa río (miro en mi viejo diccionario Spes de latín-español, editorial Biblograf, cuarto de bachiller y encuentro “ana-ae”).
Así que el río Guadiana es el río Ríorío. Más río imposible. Aún es más río por otras peculiaridades que también nos son conocidas, a saber:

Que nace y muere, que vuelve a nacer, que emigra, que quiere regresar, que hace frontera con nuestros vecinos portugueses, y es frontera larga que ya apenas separa, o sea que separa y une a la vez. Y por último, que por segunda vez vuelve a morir. A ningún otro, en mi país, le sucede esto.
Y que sus orillas y sus vegas las vigilan hermosos castillos, que mira por donde es de lo que va mi Casa de la Tercia. Razón que voy a aprovechar para recorrerlo, remontándolo, porque comenzaré por donde termina, que es donde ahora paro, muy cerca de su final. Pero antes una introducción al lector que, seguramente, ha olvidado datos hace tiempo aprendidos.

Decía que nace y muere, lo vuelvo a leer en la clásica Enciclopedia Álvarez: 

“el río Guadiana ofrece la particularidad de que, a poco de nacer, sus aguas se filtran en el terreno y aparecen varios kilómetros después en los llamados Ojos del Guadiana”.

Ojos cuyas aguas proceden del acuífero 23, y esto último creo que ha cambiado el sueño, el viejo recuerdo. Modernas tesis asignan a ese guarismo el verdadero nacimiento del río, con lo que las lagunas de Ruidera, el Cigüela, el Záncara, el Pinilla -verdadero germen del futuro prodigio-, y todo lo que llaman Guadiana Alto, dejan de ser Guadiana. Como no tengo gana alguna de que ello sea así, decido que mi camino recorrerá el río completo, el que la enciclopedia Álvarez dice, que: 


nace en las Lagunas de Ruidera, provincias de Ciudad Real y Albacete, pasa por la provincia de Badajoz; su curso es lento y es muy aprovechado para el riego, mereciendo especial mención el embalse de Cíjara y otros, que con su gran capacidad fertilizan una extensa zona de Extremadura. 
Desemboca por Ayamonte en la provincia de Huelva."

Mi vieja enciclopedia olvida los 140 km que recorre por tierras portuguesas y los aproximadamente 100 que dedica a hacer de frontera, que es otro de los motivos por los que es más río que los otros ríos.
Así que entre Guadiana Alto, Guadiana Medio, el Portugués y la Frontera, tenemos varios ríos y en cada uno de ellos recios castillos, orgullosas ruinas. Veamos:
En el Guadiana Alto, tres: Rochafrida en Ossa de Montiel, provincia de Albacete; ya en Ciudad Real, el castillo de Alhambra, algo alejado del río pero que no me resisto a evitar; y el de Peñarroya, a unos 12 km de Argamasilla de Alba. Cerca de esta localidad el Guadiana Alto va filtrándose en la tierra, se evapora, desaparece, se relaja en el prosaico acuífero 23.
Castillo de Rochafrida (de cuevamontesinos.es)

Castillo de Alhambra (de spaincenter.org)

Castillo de Peñarroya (de turismocastillalamancha.es)

En su cauce medio y sin haber salido aún de la Mancha, Ciudad Real ciudad, en la que apenas quedan vestigios que incluir en este paseo: algún fragmento de lo que fue su muralla, la puerta del Torreón, único resto del alcázar, y la Puerta de Toledo. A pocos kilómetros, casi al lado, el castillo de Alarcos; algo más al norte el de Miraflores, en Piedrabuena; y al sur, en la orilla izquierda, el castillo de Caracuel, en Corral de Calatrava.
La puerta de Toledo (de turismocastillalamancha.es)


La puerta del Torreón (de turismocastillalamancha.es)

Alarcos (de turismocastillalamancha.es)

Castillo de Miraflores en Piedrabuena  (de turismocastillalamancha.es)

Castillo de Caracuel  (de turismocastillalamancha.es)

A un paso ya está Extremadura, la Siberia y la cola del embalse de Cíjara. Observándolo desde la orilla, en un mar de encinas, el Palacio de Cíjara, del siglo XIX, ajeno a guerras y conflictos, que más bien siempre fue de recreo. Muy próximo el castillo de Herrera del Duque; desde aquí, cuatro pasos hasta Puebla de Alcocer, centinela entre Zújar y Guadiana; y a un tiro de piedra el de Lares en Galizuela.
El palacio de Cijara  (de conlacamaraacuesta.com)

Herrera del Duque (de herreradelduque.com)

El castillo de Puebla de Alcocer (de españafascinante.com)

Desde hace ya un rato estamos en otro embalse, que aquí se suceden sin solución de continuidad. El de ahora es el de García Sola, que se conoce como Puertopeña y un poco más abajo el de Orellana. En la orilla derecha de este último estáOrellana de la Sierra, o también Orellanita, para diferenciarla de su vecina Orellana la Vieja en lo que se refiere al tamaño. En Orellanita el castillo palacio de los Bejarano y en Orellana la Vieja el de los Altamirano.
El palacio de los Bejarano en Orellana de la Sierra (de ayuntamiento.org)

El palacio de los Altamirano en Orellana la Vieja (de orellananature.com)

A partir de aquí las Vegas del Guadiana, primero las altas: el castillo de la Encomienda, o de Castilnovo, que aunque alejado de mi pueblo, está considerado como nuestro (no acompaño fotografía porque es el de la cabecera del blog). Levanto la vista y al Sur –la vista siempre se me va al Sur-, Magacela, lejos de la ruta pero, ¿quién se resiste a no subir si junto con el siguiente, Medellín, forman la trilogía de mis inicios castilleros?
Magacela

El castillo de Medellín

El río se remansa, languidece, casi lame la sierra de la Culebra; sobre ella el castillo de Alange, lo que queda de una inmensa alcazaba. Al poco pasa triunfal bajo los infinitos arcos del puente romano en Mérida, no sin antes haber dejado a su derecha las murallas de la Alcazaba .
El castillo de la Culebra en Alange  (de españaescultura.es)

Murallas de la alcazaba de Mérdia (de absolutbadajoz.com)

Termina el Guadiana Medio en la ciudad de Badajoz que, por el número de edificaciones medievales y posteriores, bien merece un paseo largo en el espacio y generoso en el tiempo: la Alcazaba, la Torre de Espantaperros, fuertes, baluartes, revellines, murallas y puertas. O lo que queda de todo ello.
La alcazaba de Badajoz  (de españaescultura.es)

Al otro lado del río, ya en Portugal y a dos tiros de cañón, la inexpugnable Elvas, en la que hay que repetir el mismo proceso que en Badajoz. Porque Elvas, al igual que Badajoz, es castillo medieval, murallas, fuertes, baluartes y puertas. Y todo casi casi como anteayer. 
A partir de aquí el río se hace, por primera vez, frontera.

El castillo de Elvas (de turismorural.com)

Aguas abajo, junto a la orilla y en Portugal, el fuerte de Juromenha, que es freguesía de Alandroal y que también tiene castillo. Muy cerca de este último, otro castillo en Terena y el santuario de la AsunciónA poco kilómetros del río, Villa Viçosa, con castillo y gran palacio; merece la pena desviarse. 
El fuerte de Juromenha  (de absolutportugal.com)

Castillo de Alandroal  (de dreamstime.com)

Terena  (de portugalnotavel.com)

Castillo de Villa Viçosa  (de blogs.hoy.com)

En la otra orilla no muy lejos, Olivenza, donde se repite el esquema de Badajoz y Elvas: castillo, murallas, baluartes y puertasy desde aquí a Cheles, al Palacio de los Conde de Via-Manuel. No sin antes tomarnos la licencia de desviarnos bastante de la ruta, llegar a Alconchel y subir el castillo de Miraflofles. Por satisfacer un gusto.
Castillo de Olivenza (de rutasymapas.com)

El Palacio de los condes de Via-Manuel en Cheles  (de castillosdeespaña.es)

Castillo Miraflores en Alconchel (de mapasespaña.es)

Seguimos y a pocos kilómetros el Guadiana deja de ser frontera para ser todo portugués. En esa tierra los vigías son los castillos de Monsaraz, Mourao, Moura, Serpa (castillo y muralla urbana) y Mértola. Pero si hay tiempo, itinerarios complementarios: Monsaraz-Portel-Vidigueira- Moura; y desde Serpa, un inevitable salto a Beja.
Monsaraz, castillo y murallas (de guiadeviaje.net)

Mourao (de losviajeros.com)


Portel  (de visiongrafica.net)

Moura  (de losviajeros.com)

Un servidor en Mértola

En seguida vuelve a ser frontera y así hasta el final. En su orilla derecha el castillo, o los castillos, de Alcoutim, y enfrente, altivo pero ya tranquilo después de pasados ajetreos, sobre Sanlúcar de Guadiana, el castillo de San Marcos. Y custodiando las riberas del estuario, Castromarím, castillo, fuerte y murallas en Portugal, y Ayamonte en España. 
Sanlúcar del Guadiana desde Alcoutim  

Cuidadísimo el castillo nuevo de Alcoutín



Castro Marim y su castillo

Castro Marím y el fuerte de San Sabastián

Murallas del baluarte de las Angustias en Ayamonte

Hornabeque del Socorro, también en Ayamonte

Fin del viaje, que será el comienzo. Y si remontándolo encuentro alguno más, pues lo que antes escribí: itinerario complementario.