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martes, 17 de enero de 2017

Gatica-Gatika, castillo de Butrón

Es Vizcaya un territorio en el que proliferan numerosas edificaciones, más o menos del Medievo, de carácter militar: torres más o menos señoriales, casas fuertes más o menos palaciegas, algún castillo netamente medieval, como el de Muntañones, un bello puente fortificado en Valmaseda y dos encantadores castillos neogóticos del siglo XIX que nada tienen que ver con el resto . De uno de estos dos últimos ya he dado cuenta en esta mi Casa de la Tercia, el de Eugenia de Montijo en Arteaga.

(de hoteles.net)

El otro encantador castillo es el de Butrón, Butroeko gaztelua —condescendencia personal que hago hacia los de aquellos lugares—, y al igual que el de Arteaga —léase la entrada sobre él en este blog— “tiene la característica, a mi entender, de que gusta más a quienes no  han profundizado mínimamente en este submundo". Y es que su espectacularidad, la profusión de bellos, y casi siempre no acertados detalles, hacen que cualquier espectador se enamore de ellos a primera vista. Pero sobre todo es por su aparente buen estado, debido a su juventud. Aunque también puede suceder con otros más antiguos que tengan alguna de esas características; como el Alcázar de Segovia, Olite o Coca, que son apuestas seguras en este sentido.

Pero el caso de Butrón es distinto: su visión, su traza majestuosa y decadente, siempre producirá un gesto de admiración, seas o no un erudito castellológico, ames más o menos estos monumentos o, simplemente, suelas omitirlos en tu vivir diario.

Para resumir y terminar ya este introductorio, aplico aquí lo mismo que escribí sobre el de Arteaga: “…y es que a esta torre y alrededores le falta edad y le sobra brillo. Lo que no quita que se mire y se pasee con calma y gozo.”


EL LUGAR:

Este castillo se encuentra en el término municipal de Gatica-Gatika —población de la que apenas encuentro información en la red—, en el barrio del mismo nombre, Butrón.

Se levanta en un recodo del río, junto a un rebalse construido a modo de foso, sobre una imperceptible loma en la falda de la colina de Mendichu, y rodeado de un espeso bosque, semioculto y melancólico, que hace aumentar más el misterio y romanticismo que la edificación transmite.

Tan espeso es el bosque, que a veces impide ver el castillo.

 

EL CASTILLO:

Se llama de Butrón y su origen, a pesar de la imagen resultante de una profunda remodelación decimonónica —mejor dicho, nueva construcción—, es medieval. Por entonces —siglo XI—, edad Media, en este lugar hubo una torre que perteneció a los Butrón. Era una casa-torre característica de esta tierra, levantada sobre otra que fundara el Capitán Gamíniz en el siglo VIII, en la anteiglesia de Gatica.

(de porsolea.com)

La casa torre se transformó en el siglo XIV en castillo y fue residencia de la
familia Butrón que por entonces ejercían gran poder, incluido el militar, en esas tierras. Su apariencia debió recordar al actual castillo de Muñatones, tanto en su estructura como en tamaño.

Así era a principios del siglo XIX, muy parecido a Muñatones.

El reinado de los Reyes Católicos transformó el uso de estas edificaciones, que dejaron de tener un carácter netamente guerrero para pasar a ser más residenciales, convirtiéndose en la vivienda habitual de los nobles.

Y así era su estado poco antes de su profunda rehabilitación (de gatica.net)

Misma época de la foto anterior, pero desde su fachada oeste (de todocolección,net)

En 1878, siendo propietario de las ruinas del viejo castillo, Narciso de Salabert y Pinedo, Marqués de La Torrecilla y acaudalado terrateniente, mandó edificar sobre aquel otro castillo, pero ahora algo más exótico y semejante a los que en Centroeuropa se habían levantado por entonces. Así que permitió que el arquitecto Francisco de Cubas y González-Montes —Marqués de Cubas y autor del proyecto de la Catedral de la Almudena de Madrid—, dejara correr su imaginación e inventara formas, combinara gótico con romántico y fantasía con poca realidad, consiguiendo un resultado visualmente muy atractivo pero muy poco práctico como morada.

Fachada principal desde el noroeste.

La obra se desarrolló lentamente —las rentas del marquesado no debieron ser generosas—, terminándose a principios del siglo XX, con Andrés Avelino de Salabert y Arteaga como marqués titular. Este último vendió el castillo al duque de Medinacelli, que a su vez lo enajenaría a la duquesa de Cardona.



Fachada trasera, oeste con el portillo.

Enseguida, el edificio se mostró incómodo y poco confortable, dada la escasa amplitud interior de las torres, la laberíntica comunicación entre los espacios —más propia de un edificio militar que de otro residencial— y la limitada funcionalidad de muchas dependencias. Hasta tal punto que nunca fue habitado de forma fija y continuada. Seguramente no fue concebido pensando en ser un lugar residencial, sino más bien una sencilla y honesta extravagancia.

En 1989 fue adquirido y rehabilitado por una empresa de Bilbao que pretendía instalar allí su sede social, y también la de la recién creada “Asociación de Amigos del Castillo de Butrón”, con la consiguiente finalidad de realizar allí eventos culturales y otros.

Actualmente es propiedad de una empresa inmobiliaria que lo tiene puesto a la venta.

 

LOS DETALLES:

Este castillo es una exagerada combinación de la arquitectura militar gótica española y los estilos dominantes en Europa en aquellos momentos, con el resultado de una preciosista construcción de piedra labrada muy trabajada, y numerosos detalles que otorgan al edificio una grande y singular belleza.

Se levanta sobre una planta ligeramente rectangular que se orienta, en su fachada principal, hacia el este, que es donde se abre la entrada principal.; en la fachada opuesta, la orientada al oeste, se ubica una segunda puerta, técnicamente un portillo, pero aquí es la puerta de servicio. En cada uno de los vértices del rectángulo, se disponen desproporcionados cubos almenados en cuyos muros se abren numerosos huecos. Esta disposición estructural parece que quiere recordar al recinto que antes hubo.

Fachada sur de la Torre del Homenaje

Toda la obra es, y así se aprecia, de una gran solidez, con muros muy gruesos —más de 3’50 metros— y una gran superficie —ocupa algo más de 2.400 metros cuadrados—; además presenta un tupido conjunto de torres, torrecillas, garitones, matacanes corridos, saeteras, ventanas y un variadísimo catálogo de elementos, cada cual más llamativo. Y sobre todos ellos un enorme núcleo central a modo de torre del homenaje en el centro del edificio, rectangular y muy elevado, que contiene cinco plantas de atura.

Torreón de la esquina suroeste.

Su interior está dividido en numerosas estancias: habitaciones, salones, dormitorios, baños, cocina, biblioteca, mazmorra, almacenes, bodega, capilla y sala de recepciones. Todo ello profusamente decorado, con chimeneas y gran parte del mobiliario original. En el exterior dispone de pozo y, cómo no, patio de armas.

Detalle de la puerta principal.

 

Nombre: Castillo de Butrón.

Municipio: Gatica-Gatika.

Provincia: Vizcaya.

Tipología: Castillo.

Época de construcción: siglo VIII, ampliado en el XIX, y remodelado profundamente a finales del siglo XIX. Fue rehabilitado en 1989.

Estado: Muy bien conservado. Su poca edad y el haber sido utilizado de una u otra manera por sus sucesivos dueños durante gran parte de su vida, ha hecho que su aspecto sea muy bueno, aunque con cierto ramalazo de abandono.

Propiedad: Privada; actualmente está en venta.

Visitas: totalmente libre el entorno, pero cerrado a cal y canto. Imposible acceder al interior, a menos que se esté interesado en su compra. En septiembre de 2016, cuando lo visité, no me sentía atraído por su adquisición, por lo que no pude ver su interior. Actualmente sigo sin estar interesado.

Protección: Bajo la protección de la Declaración genérica del Decreto de 22 de abril de 1949 y la Ley 16/1985 sobre el Patrimonio Histórico Español.

Clasificación subjetiva: 3*, No perdérselo bajo ningún concepto, o lo que es lo mismo, hay que verlo antes de morir, aunque los puristas sean críticos con él y lo rechecen, por su escasa edad o su patente presunción —abstraerse del Medievo durante la visita y ya está, a disfrutarlo—.

 

Cómo llegar: Desde Bilbao se llega a través de la carretera BI-631 hasta Munguía, y desde aquí hacia Gatica por la BI-634. Desde Gatica al castillo sólo hay unos minutos.

Sus alrededores son perfectamente accesibles y paseables: un camino rodea el edificio, pudiendo hacerse una visita exterior en todo su perímetro, aunque con visión limitada por la cercanía del bosque; la explanada de la fachada principal permite admirarlo en toda su dimensión.

 

Otras cuestiones de interés: Curiosidad sobre el origen del nombre; leo que probablemente esté en las cestas, llamadas butrones, con las que se pescaban angulas en los ríos de la zona —muy cerca discurre el río del mismo nombre—. En el escudo de piedra situado ante la fachada principal, se pueden observar cuatro de estas cestas.

Escudo de piedra situado en la explanada de la fachada principal 

El espeso bosque que lo rodea, tres hectáreas y media de robles y multitud de ejemplares de otra especies —muchas de ellas traídas de otros lugares del mundo, o sea, un auténtico jardín botánico—, le da al lugar un aire triste, si bien no por ello se rehúye el paseo tranquilo, a pesar de la suave lluvia que caía el día que lo visité (16-septiembre-1916).

Dicen que sirvió de inspiración a Walt Disney para su película La Bella Durmiente, aunque algo parecido también he escuchado del Alcázar de Segovia o de algún que otro castillo bávaro.


El autor.

martes, 20 de diciembre de 2016

Marquina-Jeméin (Markina-Xemein), Torre Barroeta

Volvíamos a casa, carretera BI-633 hacia el sur, y en mi cabeza rondaba la idea de parar en cuanto viera la próxima torre, que por aquí es fácil pues abundan. Pero a la vez me decía que otra vez no, que seguramente ella ya estaría cansada de piedras viejas, de parar en cuanto atisbo algo parecido a una torre.
Pero no lo pude resistir y en cuanto la vi allá arriba, a la izquierda, sobre un pequeño y despejado promontorio en la ladera de la montaña, me decidí por ir a verla, a pesar de saber que en el entorno hay alguna más, y en Marquina varias. Con ésta mataría el gusanillo y no nos robaría mucho tiempo, pues aún era largo el camino que quedaba hasta casa.
Puse el intermitente, giro, alguna rotonda, rodeo un campo de fútbol, leve cuesta y parar el coche. Ligerísima lluvia, la suficiente para que la compañía decidiera permanecer dentro del coche. Así que recorrí solo los escasos cien metros hasta llegar a la torre, y también a la cercana ermita —juntos los dos edificios conforman un hermoso conjunto—.
Una vez allí me salió al paso un lugareño que al ver mi interés por la torre se le animó la lengua. Entre las cosas que me contó, una muy importante, que él había nacido en ella; y que también era una pena que llevara tanto tiempo cerrada y sin uso.
Apenas sé nada de ella, bueno, no sé nada. Por lo que me limito a hacer unas fotografías, fijarme en algún detalle y poco más. Ya buscaré documentación más adelante, en casa.

Y ya en casa, busco, leo y me entero que hay referencias escritas sobre la torre desde mediados del siglo XV. Por entonces era propiedad de un tal Rodrigo Martínez de Barroeta. Los Barroeta, como todos los señores de la nobleza del entorno, vivían de la agricultura, ganadería de y de la explotación maderera. También de una herrería aledaña a la torre y, cómo no, de los diezmos aportados por los lugareños.
Estructuralmente es un edificio sencillo, construido con materiales simples, del entorno. Y es que su función no fue totalmente defensiva, sino más bien se trataba de una vivienda fortificada. En ella residía el señor que estaba al frente de la gestión y vigilancia de sus tierras, agricultura, ganadería o explotación maderera.
El 15 de octubre de 1470 fue incendiada por los Ugarte, familia rival de los Barroeta. Años más tarde, en 1496, fue reconstruida.
A finales del siglo XVII, principios del siglo XVIII, se acometieron reformas; se levantó una planta más, se abrieron algunos vanos en las fachadas y se reconstruyó una de ellas. En esa época ya concluían los enfrentamientos entre nobles locales y en esta torre, como en otras, se acometieron reformas para mejorar la vida en ellas, dotándolas de un aire levemente palaciego.
Incluso se la dotó de la ermita que aún se levanta a su lado —bajo la advocación de Santa Ana y San Joaquín— y en la que desde 1966 no se realizan cultos. Un edificio de este tipo daba prestancia y calidad a la vivienda del Señor, y los Barroeta no iban a ser menos.
Terminando el siglo XVIII, los propietarios se trasladaron a la villa de Marquina, dejando las tierras e inmuebles arrendados.
En el siglo XIX, la torre fue donada a los campesinos que trabajaban las tierras, por lo que añadieron y adosaron pequeñas edificaciones que les pudieran servir a la explotación agrícola. Así que terminaron convirtiéndola en un caserío efectuando en ella las reformas necesarias para su nuevo uso.

Si ya de lejos, dentro del paisaje, tiene un aspecto formidable, que aumenta al verla próxima. El volumen de piedra impone con la cercanía: más de 15’00 metros de altura —a los que hay que añadir el último piso que se añadió en el siglo XVII—, y 1’60 metros de grosor en sus muros de planta baja.  Todo ello bajo una cubierta de teja a cuatro aguas.
Está construida con mampostería y refuerzos de sillares en las esquinas y en algunos vanos; en su interior forjados de madera.
Incluyendo el establo, son cuatro las plantas en que está dividida. Desde afuera se accede a la primera planta, la más noble, a través de una escalera de piedra.


Tiene dos accesos, uno en planta baja para la cuadra, y otro en planta primera, ambos con arco ligeramente apuntado. Un grueso muro de piedra protege la puerta de la cuadra y la escalera que lleva hacia la entrada de la planta primera.
En su cara norte conserva un matacán y en tres de sus fachadas aun permanecen restos de los canecillos que soportaban mediante jabalcones el alero del antiguo tejado.

Se distinguen dos fases en su construcción: gótico tardío apreciado en las puertas, dos ventanas geminadas y algunas troneras diseñadas para armas de fuego; y el añadido del último piso y los vanos adintelados de la reforma ejecutada en el siglo XVII.

No olvidar la ermita. Un pequeño apunte: construida en estilo barroco, tiene planta cuadrada, muros de mampostería y sillería en la fachada, que le da un sólido aspecto. La entrada está cubierta por un pórtico de madera soportada por dos columnas toscanas. Junto a la puerta hay una pequeña pila para agua bendita. Leo que el interior se cubre con dos tramos de bóveda de crucería separados por un arco que se apoya en ménsulas.

Nombre:  Torre de Barroeta
Municipio: Marquina-Jeméin (Markina-Xemein)
         Barrio  Arretxinaga

Provincia: Vizcaya
Tipología:  Torre —torre rural bajomedieval—
Época de construcción: siglo XV.
Estado: Se encuentra en un aceptable estado de conservación, o al menos aparentemente, a pesar de encontrarse cerrada y sin uso. De seguir así, no la auguro mucho tiempo así. En breve habrá que decir que se encuentra en estado de ruina progresiva.

Propiedad: Privada
Uso: actualmente sin uso definido, se encuentra cerrada.
Visitas: sólo el exterior.
Protección: Bajo la protección de la Declaración genérica del Decreto de 22 de abril de 1949, y la Ley 16/1985 sobre el Patrimonio Histórico Español.

Calificación subjetiva: 2, si se pasa cerca y se va con tiempo pues se acerca uno a verlo. Es decir, que se incluirá en una ruta de viaje pero no pasa nada si luego no se visita.
Otras cuestiones de interés: hasta hace poco fue casa de labranza; hoy permanece cerrada.
Leo por ahí un dato curioso: en esta torre nació el abuelo de Fabiola, que fue Reina de Bélgica.
Además, destacar que son numerosos los edificios de carácter militar que se encuentran en Marquina, como: el palacio de Solartecua o de Mugartegui, de 1666, construido sobre la muralla medieval de la villa y sede actual del Ayuntamiento; el palacio de Ansotegui; el de Murga, del siglo XVII, que en su interior conserva la torre Bidarte; la torre Antxia, adosada a la muralla medieval; la torre de Ugarte, muy afín a la de Barroeta; y el palacio Patrokua o Villa Gaytán, del siglo XVIII, edificio vinculado a la familia Barroeta.
Cómo llegar: La torre se encuentra al norte de Marquina, muy cerca de la carretera BI-633.







martes, 13 de diciembre de 2016

Gautéguiz Arteaga, castillo palacio de Arteaga

Hace unos meses viajé al norte, y entre los muchos intereses que llevaba en mente estaban dos castillos, el de Butrón y éste. En ambos casos me vi satisfecho porque los dos visité, aunque por razones propias de muchos de estos edificios, no pude pasearlos por su interior: ambos de propiedad privada, el de Butrón estaba cerrado y éste, que es un hotel, sólo es visitable parcialmente. Tuve que conformarme con su visión externa; espléndida perspectiva en ambos casos.

Éste de Arteaga se me apareció bajando hacia Guernica, casi pegado a la carretera que pasa por la población. Tiene la característica, a mi entender, de que gusta más a quienes no han profundizado mínimamente en este submundo. Otros, en cambio, somos más de las piedras gastadas, de la ausencia de elementos por culpa del tiempo; y es que a esta torre y alrededores le falta edad y le sobra brillo. Lo que no quita que se mire y se pasee con calma y gozo.
Lo que hoy se ve es fruto de las obras de recuperación de la vieja torre, que se acometieron por deseo de Eugenia de Montijo, Emperatriz de Francia por matrimonio con Napoleón III, en agradecimiento a que las Juntas Generales de Vizcaya nombraran a su único hijo como “vizcaíno de origen”.
Pero la historia de la torre, la primitiva, viene de mucho antes. Hemos de irnos hasta finales del siglo XIII y principios del XIV, cuando:

— un tal Joannes Roiz de Abendaño, Señor de Aramayona, casa con María de Gauteguiz de Arteaga;
— el segundo de sus hijos, Fortún García de Abendaño y Arteaga hereda los linajes de Gauteguiz y de Arteaga;
— su hijo, Fortún García II de Abendaño, que adoptó para su escudo de armas una encina verde en campo de plata, incorporó vasallos, rentas y reedificó la casa familiar de Artiaga y fue muerto a traición por el Rey Pedro de Castilla en 1356;
— su heredero fue su hijo Martín Roiz que es quien de verdad comienza a dar lustre a la familia;
— al anterior le sucede su hijo Fortún García III de Arteaga y Abendaño, que también se casará (éste dos veces), y después su heredero, y el heredero de su heredero, y así sucesivamente con lo que se fueron vinculando, mediante matrimonios, con otras familias y linajes;
— con tanto cruce de familias y el consiguiente acaparamiento de poder, no es de extrañar que surgieran conflictos con otras familias igual de poderosas, así que a mediados de 1468, el Señor de Múgica y sus aliados derrotan en Rentería a los de Arteaga, haciendo preso a Fortún de Arteaga, quemando sus casas y desterrando a todos los arteagueses;
— finalizado su cautiverio, Fortún de Arteaga se dedica a reconstruir sus propiedades, entre ellas la torre, que terminó en 1476.

Todo esto viene a cuento porque un edificio como éste bien merece detenerse unos minutos para conocer un poco más a fondo su historia. Encontré estos datos y muchos más en urdaibai.org y no me he resistido a no dejarlos aquí, aunque bastante resumido. Pero aún queda más:

Fortún de Arteaga reconstruyó su torre, y a once y quince metros de ella levantó
un fuerte muro  que reforzó con torreones en sus cuatro esquinas —los orientados al sur de más de cinco metros de radio, y los del lado norte de 3,55 metros—.
A continuación otra cerca almenada muy alta (5,75 m.) y gruesa (2,10 m.), y la aisló mediante un foso, un puente levadizo y una robusta puerta.
Con estos elementos, los Arteaga retan a los Múgica ocho años (1476) después de la derrota de Rentería, imponiéndose los primeros.
En 1496 el linaje de los Arteaga se constituyó en mayorazgo y vinculó su casa a la de los Avellaneda.
Poco a poco van olvidándose del ayer (incluso dejan de bautizar a sus hijos con los nombres tradicionales) con el fin de desvincularse de tragedias pasadas. Lo que no impide que la familia, más preocupada por su prestigio en la corte que por el mantenimiento de su propiedad, entre en un período de decadencia.
A mitad del siglo XVIII la torre de Arteaga es ya una enorme casa de labranza, aunque conserva intactos y almenados sus cuatro torreones y sus muros.
Y entonces he ahí que un señor emparentado directamente con los Arteaga, y residente en Granada, de nombre Cipriano de Palafox y Portocarrero, Duque de Peñaranda, va y tiene una hija  el 5 de mayo de 1826 a la que llama María Eugenia, conocida para la posteridad como Eugenia de Montijo.
Casada con el emperador francés Napoleón III, tuvieron un hijo que se llamó Napoleón Eugenio Luis, o Eugenio Luis de Juan José (lo he visto escrito de varias formas) y que murió joven y lanceado por los zulúes cuando tenía 23 años.
Pues a este señor es a quien Las Juntas Generales de Vizcaya nombraron, en 1856,  vizcaíno de origen dada la fuerte vinculación de su madre con ese territorio.
Agradecida Eugenia de Montijo por tal honor, decide restaurar la torre de sus antepasados con el resultado que hoy vemos.



El proyecto es encargado a los arquitectos franceses Couvrechet (que falleció a los tres meses de iniciarse las obras) y Ancelet (que la concluyó), los cuales eran responsables de las obras de los Sitios Imperiales. Éstos, en vez de acometer una recuperación y rehabilitación de la antigua torre, optan por la construcción de una nueva que pudiera adecuarse y cubrir las necesidades de la familia imperial, condiciones que no hubiera ofrecido la vieja.
Sin embargo, mantuvieron los muros del recinto y sus cuatro torreones, entre los que destacan los dos de la fachada sur por su desproporcionada relación base-altura. En la fachada este y junto al torreón situado al suroeste, se construyó una nueva y ostentosa portada.

Donde la vieja torre estuvo, los constructores franceses levantaron otra majestuosa y sobresaliente sobre el incomparable paisaje que la rodea. Para su diseño se apoyaron en el movimiento propio de la época, el romanticismo, muy influido por el estilo gótico. Destacan los arcos apuntados ciegos que se elevan en cada una de sus cuatro fachadas, desde el plinto hasta la cornisa superior; las ventanas geminadas y las gárgolas.
En las dovelas de los arcos de las ventanas introdujeron una pincelada de color (mármol rojo) que sobresale entre el mármol gris abujardado y la caliza.
El resultado, un edificio de 17,00 x 12,00 metros en planta y algo más de 30,00 de altura, ejecutado en una sillería perfecta. En su interior, cuatro plantas unidas por una escalera que se aloja en una torre octogonal adosada a su esquina suroeste:
En el sótano la bodega y almacén; en la planta baja la cocina y dependencias del servicio; una escalinata lleva al vestíbulo de la primera planta, que disponía de dos salones; en la planta segunda los dormitorios principales y la capilla; y en la última los dormitorios del personal de servicio de mayor rango.
Dado el carácter residencial del edificio, éste carece de elementos defensivos, y los pocos que tiene son más ornamentales que bélicos: un matacán en el centro de cada fachada y otros tres en las esquinas; gruesas almenas voladas sobre merlones tratan de darle cierto carácter medieval. En la muralla exterior se abren ocho troneras, dos por cada lienzo.
Por último señalar la existencia de dos escudos, uno de gran tamaño en la fachada principal de la torre, y otro sobre la puerta de la muralla de dimensiones más reducidas.



La finca en la que se encuentra es de acceso libre, como también lo es el patio del castillo y las instalaciones hosteleras en él situadas; la torre sólo para clientes del hotel. Pero eso es suficiente para pasar en él una entretenida tarde, y pasear por un entorno y un paraje privilegiado.
 Y paseando por la cuidada pradera que le rodea leo en la red que nunca fue ocupado por su propietaria, ni por algún miembro de su familia. Que incluso cuando ya destronada, exiliada en Inglaterra, viuda, muerto su hijo y con su fortuna menguante, decide volver a España, opta por el asilo que le ofrece la Casa de Alba en Madrid y no por su castillo de Arteaga, que era la única propiedad que le quedaba.
A pesar de ello, se acometieron obras de mejora en la torre, dotándola de electricidad y agua potable. Pero ni por esas volvió. Murió en el palacio de Liria de Madrid el 11 de julio de 1920.

Nombre: Castillo de Arteaga.
Municipio: Gautéguiz de Arteaga, Gautegiz Arteaga
Localidad: Celayeta, Zelaieta.
Provincia: Vizcaya.

Tipología: Castillo palacio.
Época de construcción: finales del siglo XIII, reconstruida en 1476.
Remodelaciones: La torre actual es de 1856.
Estado: Bueno o, mejor dicho, muy bueno.
Propiedad y uso: titularidad privada; es un reconocido establecimiento hotelero, lo que ayuda a mantener no solo su excelente estado, sino también sus características originales.
Protección: Bajo la protección de la Declaración genérica del Decreto de 22 de abril de 1949, y la Ley 16/1985 sobre el Patrimonio Histórico Español.
Visitas: Acceso libre al patio del castillo donde se encuentran la cafetería y el restaurante.
El resto de plantas sólo para clientes del hotel.
Calificación subjetiva: 3*, o sea que hay que hacer todo lo posible en esta vida para no perdérselo.
Otras cuestiones de interés: evidentemente el entorno, la ría de Guernica en plena Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Y el propio pueblo de Guernica, con el significado que ello tiene.



Cómo llegar: Lo encontré mientras circulaba por la carretera BI-2238 camino de Guernica.