martes, 5 de octubre de 2021

Zaragoza, muralla romana

Pues parece ser que no hay acuerdo en cuanto a la fecha de la fundación de Zaragoza, bueno, de Caesar Augusta, que es el nombre que sus fundadores, los romanos, le dieron. La enciclopedia por excelencia en la red llega a aventurar el año 14 a.C., y concreta incluso la posibilidad del 23 de diciembre. También se aventuran otras fechas que van del 25 al 12 a.C., pero a estas alturas de la historia —estoy escribiendo esto en octubre de 2021— me parece que no es muy importante afinar en un dato así.

Todo fue de la siguiente manera:

Gran parte de los soldados que habían luchado a las órdenes de César Augusto en Hispania entre los años 29 y 26 a.C., decidieron, tras la victoria de aquel en las campañas bélicas contra los astures y cántabros, asentarse en la ciudad íbera de Salduie, para formar una nueva colonia romana. Y así lo hicieron constituyendo una colonia inmune, es decir, libre de impuestos y derecho a acuñar su propia moneda, a la que llamaron Caesar Augusta, en honor, evidentemente, al Emperador del momento. El encargado de tal cometido, por orden del emperador, fue un amigo suyo, Marco Vipasiano Agripa, y sus primeros pobladores, soldados veteranos y licenciados, que tenían como misión no sólo asentarse sino también defenderlo.

Caesar Augusta se convirtió en una de las ciudades más importantes de la provincia Tarraconse (Hispania Citerior Tarraconensis), dispuso de teatro, foro, termas y puerto fluvial. Administrativamente fue capital de una de las siete conventus iuridicus en que estuvo dividida la provincia, y que comprendía un amplio territorio que iba, de norte a sur, desde Irún hasta Alcalá de Henares, y de este a oeste, desde Lérida hasta Calahorra.

Durante el primer siglo de vida bajo Roma se ejecutaron grandes obras públicas, alguna de ellas para evitar inundaciones del Ebro en momentos de crecidas, así como acondicionamiento de tierras para el cultivo que haría aumentar el número de villas agrarias. Todo ello redundó en una economía creciente a la que ayudó la finalización de la vía que la unía con Emérita Augusta, capital de la Lusitania.

Es el siglo III cuando en un tiempo en el que todo el imperio se siente amenazado, la ciudad reedifica las murallas. A la vez que se realizan otras grandes obras, como la reforma del teatro o la construcción de significativas viviendas para ciudadanos prestigiosos, decoradas con grandes mosaicos policromados; aumentan las villas agrarias y los artesanos se asientan en barrios extramuros. Por entonces ya había tres necrópolis, una en cada una de las salidas este, oeste y norte; a las que había que añadir un cementerio cristiano, pues esta religión ya estaba presente desde mediados de este siglo III.

En el siglo IV comienza, al igual que en el resto del imperio, la decadencia de la ciudad, abandonándose edificios como el teatro o las termas, que sufrirán expolios, aunque aún permanecen grandes y lujosas viviendas, y el comercio de la ciudad sigue importando y exportando productos.

Es a lo largo del siglo V, cuando los pueblos del Norte invaden el imperio, y la ciudad inicia un estado de dejadez de sus edificios públicos: las piedras de los grandes edificios, el foro, el teatro, son utilizadas en reformas de viviendas o de nuevas construcciones, todas ellas dentro de las murallas, con la finalidad de acomodar a gran parte de la población rural ante el temor de ataques. Como ocurrió entre los años 441 y 454, los cuales pudieron repelerse gracias al buen estado de sus murallas.

Finalmente la ciudad fue conquistada en el año 472 por los visigodos al mando de Gauterico. Cuatro años después fue depuesto por Odacro, el último emperador de occidente, Rómulo Augústulo. Comenzaba en ese momento la Edad Media.

 

 

LA MURALLA:

La muralla romana de Zaragoza fue construida en el siglo I, y era emperador por entonces en Roma, Tiberio. Dos siglos después fue reformada, ampliándose su espesor con obra de sillería ligeramente almohadillada. Se cree que el tramo que se conserva en la plaza de César Augusto, de unos 80 metros de largo, al lado de la torre de la Zuda, pertenece a la segunda mitad del siglo III. Al igual que el aparecido en un edificio de la calle del Coso —convento del Santo Sepulcro—.

Esta edificación permaneció en pie durante mucho tiempo, pues siguió marcando los límites de la ciudad con los visigodos y los musulmanes, siendo defensa de la ciudad, y condicionando el urbanismo durante siglos, lo que actualmente aún se aprecia.

Sin embargo, no sólo fue durante la época imperial cuando las murallas de la ciudad cumplieron su función. También durante la Edad Media fueron un elemento disuasorio y una eficaz defensa ante ataques enemigos, dando seguridad a moradores y gobernantes cuando se enfrentaron al poder cristiano de Toledo o musulmán de Córdoba.  La última ocasión en que estas murallas ejercieron su cometido, fue durante la Guerra de los Pedros (1356-1369); terminada ésta, dejó de ser necesaria, comenzando parte de su desmantelamiento y así cierta expansión de la ciudad.

Con el paso del tiempo, y durante el siglo XVI, la muralla, que ya había perdido sus funciones defensivas, fue quedando oculta entre las nuevas edificaciones, y sus piedras utilizadas en alguna obra pública, como en el Puente de Piedra, en el que se utilizaron las piedras de varias torres, una de ellas era llamada “la Caracoleña”. En 1504 se promulgó un Estatuto que prohibía arrancar piedras de las murallas salvo para obras de interés para la ciudad. La norma duró poco tiempo pues en pocos años se volvió a autorizar la extracción de la piedra.

En la segunda mitad del siglo XIX, y al igual que muchas ciudades y pueblos, Zaragoza vio la necesidad de demoler sus murallas para por fin poder expansionarse.

 

 

LOS DETALLES:

La muralla encerró una superficie de más de 45 hectáreas; su planta tenía forma casi de un trapecio de unos 900 por 500 metros: la longitud mayor correspondía al Decumanus maximus, que atravesaba la ciudad, aproximadamente, de este a oeste —actualmente viene a coincidir con las calles Manifestación, Espoz y Mina y Mayor—, cruzándose con el Cardus maximus, calle que se orientaba de norte a sur —coincidente con la actual Jaime I—.

Tuvo 120 torres semicirculares situadas a intervalos de entre catorce y dieciséis metros, a lo largo de sus, aproximadamente, 3000 metros de longitud. No todas las torres eran iguales, sus diámetros variaban desde los 8 a los 13 metros.

Toda la muralla que se ejecutó con una altura media de 10 metros, está construida con tres cuerpos: el interior de hormigón —opus caementicium— y revestido por ambas caras con sillares, alcanzando un espesor de 7 metros. También se ejecutaron tramos exclusivamente con sillares, que tenían seis metros.

De aquella muralla apenas si se ha recuperado el 5% del recinto original, repartidos por toda la ciudad, aprovechados en edificaciones o sepultados bajo actuales pavimentos, pero que dan una idea fiel de cuales fueron los límites de la ciudad.

Se han encontrado restos que se consideran ciertos de esta muralla en varios puntos de Zaragoza, unos 36, de los cuales pueden ser vistos 12. De ellos sólo dos se encuentran en un estado bastante aceptable, que son los ya comentados de la avenida de César Augusto, y el del Convento del Santo Sepulcro.

El primero se sitúa al lado de la Plaza del Pilar y del Torreón de la Zuda —está se asienta sobre lo que fue una de las torres de la muralla—, de unos 80 metros de largo, incluyendo la cimentación de las torres que flanqueaban la puerta Oeste de la ciudad.

El segundo, que es uno de los tramos mejor conservados de la ciudad, se encuentra en una de las fachadas del monasterio de la Resurrección del Santo Sepulcro —nombre completo: Real Monasterio de Comendadoras Canonesas de la Orden Militar y Pontificia del Santo Sepulcro— que es conocido simplemente como monasterio del Santo Sepulcro. Concretamente la fachada de la calle del Coso, donde se observan dos torreones, el arranque de otras dos torres y sus correspondientes lienzos.

Otros vestigios, como bases de torreones y pequeños tramos de lienzos, aparecieron y en algunos casos pueden ser contemplados en:

 el interior de edificios, sótanos de viviendas particulares, sobre todo en la calle del Coso, establecimientos de un centro comercial y en el Teatro Principal; también aparecieron estos durante las obras del antiguo Seminario de San Carlos, en el Palacio de los Condes de Morata (Audiencia provincial), y en casas vecinas. Otros, de menor entidad, han quedado, tras su descubrimiento, conservados bajo la calzada de algunas calles.

 

Cuatro fueron las puertas que tuvo, que permanecieron hasta el siglo XV, cuya situación y denominación desde la Edad Media fueron: en los extremos del Decumanus maximus, la puerta de Toledo y la de Valencia (al oeste y al este respectivamente); y en los del Cardus maximus, la del Ángel al norte y la del Arco Cinegio al sur.

La Puerta de Toledo romana estuvo flanqueada por dos torres almenadas; de ella aún perduran sus cimientos, sacados a la luz a finales del siglo XX. Fue derribada en 1848.

En el otro extremo del Decumanus Maximus, en la actual Plaza de la Magdalena, estuvo la Puerta de Valencia, cuya situación, con exactitud, se conoce por el descubrimiento de un sillar con la inscripción «Porta Romana» que se supone señala su situación. Se llamó así por ser la puerta que marcaba el inicio del camino a Roma, la capital del Imperio; era por tanto la puerta más importante de la ciudad. En 1867 se aprobó su demolición para poder ampliar la actual plaza.

El Cardus maximus iba desde el norte al sur, exactamente desde el Puente de Piedra, a una zona entre el Teatro Principal y la Plaza de España, al sur de la ciudad. En el norte estuvo la Puerta Norte, que permaneció en uso hasta principios del siglo XIX, en que fue destruida durante los Sitios de Zaragoza. Fue sustituida por la Puerta del Ángel

De esta puerta recojo la descripción que, en 1616, hacía un tal Diego Murillo: «… en la puerta de la puente por donde se entra a la ciudad la cual es noteblemente grande, y está sobre ella una figura de mármol del Ángel Custodio, muy bien labrada, que con esto, y dos hermosas torres que tiene a los lados, de donde se continúan las dichas casas, hacen una vistosa y gallarda perspectiva».

La cuarta puerta, la situada en el extremo sur del Cardus maximus, se la llamó Puerta Cinegia o Arco Cinegio. En esa zona estuvo desde “siempre” el primer mercado de la ciudad, que en1210 se trasladaría cerca de la Torre de la Zuda. La puerta fue reformada en varias ocasiones y demolida en 1809 tras los Sitios.

 

 

 

RESUMIENDO:

 

Nombre: Muralla romana

Localidad: Zaragoza.

Municipio: Zaragoza.

Provincia: Zaragoza.

 

Tipología: Muralla urbana.

Época de construcción: del siglo I al siglo III.

Estado: Ruina consolidada.

Propiedad: Publica, ayuntamiento de Zaragoza

Uso: ninguno, simplemente está ahí para verla y admirarla.

Visitas: totalmente libre, se encuentra en zona públicaal aire libre.

Protección: está catalogada como Bien de Interés Cultural desde el 18 de enero de 2002 (Orden del 20 de diciembre de 2001).

Bajo la protección de la Declaración genérica del Decreto de 22 de abril de 1949 y la Ley 16/1985 de 25 de sobre el Patrimonio Histórico Español. 

 

Clasificación subjetiva: 2, o sea, si se pasa cerca y se va con tiempo pues se acerca uno a verlo. Es decir, que se incluirá en una ruta de viaje, pero no pasa nada si luego no se visita.

A excepción de los tramos de la Avda. de César Augusto y el del monasterio de la Resurrección del Santo Sepulcro, que son muy visibles y por tanto merecedores de ser visitados, el resto pueden tener un limitado interés dada su recóndita e incluso desconocida ubicación.

Otras cuestiones de interés: Junto al tramo de la Avenida de César Augusto se encuentra una estatua de este emperador, copia en bronce de la original de Prima Porta —como otras repartidas por distintas ciudades españolas—, regalada por el gobierno italiano en los años 40 —gobernaba Mussolini— del siglo pasado. Está situada ante unos altos dinteles y un arco de medio punto que evocan la primitiva puerta de Toledo.

No olvidar, cuatro nombres ha tenido esta ciudad que, cronológicamente, son: Salduie, Caesar Augusta, Saragusta y Zaragoza.

 


lunes, 27 de septiembre de 2021

Peracense, castillo de Peracense

Doy hoy un paseo en mi blog, físicamente lo hice el pasado mes de julio, por uno de los castillos más fascinantes de España: lo es por su situación, su entorno, su disposición, sus elementos, sus curiosidades y, sobre todo, por su color. Un color que ya conocía y que me sedujo desde la primera vez que vi una foto de él; un color único: el de la roca con la que está construido y reconstruido, el del paisaje en el que se mimetiza y casi se esconde, que tiñe la tierra y casi el aire. El color rojo del rodeno, una arenisca de grano medio compactada de cuarzo y feldespato, dura pero fácil de trabajar, que perdura en el tiempo, cientos de años. Y la prueba está ahí, en los riscos que se levantan al oeste de este pequeño pueblo y en especial el que sostiene a su castillo.
Llegué a él desde Albarracín por unas carreteras que a intervalos me hacían pensar que estaba perdido, a pesar de que el sistema de posicionamiento del teléfono móvil me decía que no, que todo iba bien. El paso por Ródenas y el color del paisaje me tranquilizó, aquello iba pareciéndose a lo que imaginaba, estaba en la Sierra Menera. Poco más adelante, en la parte meridional de la sierra, aparece el castillo, y más a levante, la Depresión del Jiloca. Muy cerca y a la vista, el pueblo de Peracense.
Desde el castillo, el valle del Jiloca y el pueblo de Peracense.



EL LUGAR:

Aunque hay constancia de antiguos pobladores allá por época íbera, mejor partamos en esta historia de 1220, que es de cuando tenemos la primera referencia documental —el Cartulario de Aliaga— de la realidad histórica de Peracense, aunque denominándose Peracels —otros nombres a lo largo de la historia: Petra Solez, Piedrasolez, Piedraselz, Perasenz y Perasens; como definición del paisaje circundante: abrupto, montuoso, rocoso—.
Ahí, el Cartulario, aparece este lugar, reseñado como límite geográfico de Aliaga, cuando se explican asuntos relacionados con la fundación de la Orden del Temple en la citada localidad.
Pertenecía administrativamente, por entonces, a la ciudad de Daroca, hasta que en 1248 y por un privilegio de Jaime I, pasó a depender de la Sesma del Río Jiloca, que formaba parte de la Comunidad de Aldeas de Daroca —dependientes directamente del rey—.
Pero en 1336 el castillo y sus tierras fueron cedidos a la familia de Juan Jiménez de Urrea, que también poseían Almohaja; poco después, ambos territorios les fueron vendidos a la Comunidad de Aldeas de Daroca. Y aquí ya me pierdo, pues no estoy muy puesto en temas histórico-administrativos, por lo que transcribo lo que leo en la magnífica web del Ayuntamiento de Peracense:
«A partir de la disolución de la Comunidad de Aldeas pertenece sucesivamente a la sobrecullida —órgano administrativo del reino de Aragón— de Daroca (1488-1495), a la vereda —sección administrativa de un municipio o parroquia, según el DRAE— de Daroca (1646) y al corregimiento —otra demarcación territorial de aquella época—de Daroca (1711-1833)».
Estos regímenes administrativos perduraron hasta 1833, fecha de la muerte de Fernando VII, aunque se disolvieron unos años más tarde.
Desde 1785 se consideró al lugar como aldea, hasta 1834 en que se constituye como Ayuntamiento dependiente del partido judicial de Albarracín. Desde 1965, su dependencia es del de Teruel.
El castillo desde el mirador del oeste.


EL CASTILLO:

Protegido desde el sur por el pico de San Ginés, el castillo de Peracense s e levanta, a 1400 metros de altitud, sobre una formación rocosa de rodeno, escarpada y muy abrupta, como toda la Sierra Menera. Hacia el noreste se extiende el valle del Jiloca, y en primer término, la población de Peracense, ya en el valle.
El lugar que ocupa ya fue habitado en la más remota antigüedad —quedan restos que se remontan a la Edad del Bronce, elementos gravados en la roca como canalillos y cazoletas, y algunas cerámicas— por gentes que buscaban abrigo entre las oquedades de estos roquedales.
Posiblemente los romanos, que anduvieron por aquí explotando minerales como el hierro, también ocuparan estos cerros dadas sus excepcionales características defensivas. Y el del castillo no debió ser menos, aunque sólo fuera un asentamiento menor.
De siglos posteriores se han encontrado restos, sobre todo procedentes de la época del Califato y de la taifa de Albarracín, cuando ya se controlaban desde aquí fronteras y recursos, por lo que es posible que ya existiese aquí una pequeña fortificación, sobre el espolón rocoso, desde el siglo X de la que no nos ha llegado ningún resto constructivo.
A mediados del siglo XII es conquistado el territorio por la corona aragonesa, con lo que la pequeña fortaleza adquirirá importancia, dado su estratégico emplazamiento. Con el dominio de los Jiménez de Urrea, ya en la Baja Edad Media, hace unos 750 años, la fortaleza se convertiría en sede del señorío y quedaría incorporada a la red de castillos que protegían la frontera de la corona de Aragón con la de Castilla.
Como ya dijimos, pasó entonces a la jurisdicción de la Comunidad de Aldeas de Daroca, que sería la encargada de su mantenimiento. El castillo fue ampliado a lo largo de los siglos XIV y XV hasta alcanzar el aspecto que hoy tiene, para ser abandonado en la segunda mitad de este último siglo al perder toda su importancia militar y estratégica —como tantos otros castillos fronterizos—, pues el matrimonio de Isabel I de Castilla con Fernando II de Aragón hizo que su carácter defensivo se desvaneciera por completo, pasando a cumplir deberes menores. Curiosamente, y a pesar del potentísimo aspecto defensivo de la fortaleza y de su estratégica ubicación, apenas si hay constancia de asedios ni ataques puntuales.
Peracense, entonces, pasó a ser cárcel de la Comunidad de Aldeas de Daroca, hasta 1834 en que, durante la I Guerra Carlista, fue transformado en cuartel del ejército liberal y adaptado a las necesidades de la artillería, alterándose algunos lienzos de muralla y demoliéndose edificios interiores. Sufrió varios ataques de los partidarios de Carlos María Isidro de Borbón, cuando éstos tomaron el pueblo de Peracense. Por fin hubo hechos bélicos, constatados, en el castillo de Peracense.
Terminadas las guerras carlistas, el castillo fue definitivamente abandonado. Su propiedad quedó en manos del Ayuntamiento de Peracense, no sin antes haber sido disputada por el de Ródenas, aunque sin éxito.
Perdido todo uso, quedó abandonado y en manos de saqueadores que lo convirtieron en cantera de materiales de construcción. A finales de la década de los ochenta del pasado siglo, se inició un proceso de restauración que terminó felizmente.




LOS DETALLES:

No sé si a esta altura de mi redacción he dicho que este castillo es de los más originales de mi país. Si no lo he dicho, lo digo ahora: Peracense es uno de los castillos más originales, interesantes y, sobre todo, curiosos; no sólo de Teruel y Aragón, sino de toda España. Y no solamente por la piedra roja, sino también, y en un alarde de ingenio constructivo, por la perfecta adaptación al terreno, a cada una de las rocas, a las ondulaciones del cerro; tal es el grado de mimetismo que hay que prestar atención para distinguir en algún punto lo que es muro y lo que es roca natural. En resumen, casi un prodigio de edifico, o eso me parece a mí, y que sin embargo parece estar entre los grandes desconocidos del conjunto de fortificaciones medievales.
Camino de acceso, a la derecha la roca-torreón; al fondo el tercer recinto.

En fin, paso a su descripción, a pasearlo de nuevo; esta vez frente a un teclado y una pantalla, pero a disfrutarlo también. Me ayudo del plano informativo proporcionado al visitante al adquirir la entrada, dejando indicada la numeración de cada elemento, al describirlo, para su mejor interpretación.

La fortaleza tiene una planta irregular, como lo es la cima del cerro, ocupando unos 4000 metros cuadrados. Está dividido en tres recintos sucesivos, no concéntricos, siendo el primero el de mayor extensión.
Entrada al castillo (primer recinto).

Se accede al primer recinto por una puerta (1) situada en la fachada norte, después de andar una vereda que recorre en paralelo la muralla (2) de ese frente, lo que daba la posibilidad de batir con facilidad el acercamiento por ese camino.
En él destacan dos murallas (5) de hasta tres metros de espesor, una al norte y otra al oeste, que se unen a una fuerte torre en esquina. El lienzo del norte termina en una llamativa roca (3) que, dadas sus características, hace las funciones de torreón, conectando con el resto de muralla, de menor entidad, debido a las mejores posibilidades defensivas de esta ladera dada su fuerte pendiente. Este último tramo de la muralla llega hasta los pies del espolón que soporta el tercer recinto. En este último tramo se encuentra la puerta del castillo.
La roca-torreón, muy cerca de la puerta del castillo.

Antes de la construcción de esta muralla, existió otra, de menor entidad, que cerraba un recinto de superficie más reducida, y que discurría por el centro del albacar —en el plano informativo queda señalada su posición con el nº 7—.
El otro lienzo, el que mira al oeste, dispone de un torreón intermedio y termina en el ángulo más al sur en otro torreón. Una corta muralla une este último con los pies de la llamada Torre del Hospital (13), que delimita por el sur el primer recinto.
En primer término, la torre que une el lienzo sur, izquierda, con el oeste, derecha. al fondo la torre del Hospital.

Las dos murallas descritas, que son la primera defensa del castillo, son las más potentes de toda la fortaleza, porque están expuestas a un terreno que presenta una ladera que desciende suavemente, por lo que sus constructores consideraron que eran los flancos más débiles. Según veo en el plano informativo, la muralla que se orienta al oeste dispuso en el exterior de un foso (6), al tratarse de la zona, topográficamente hablando, más expuesta.
Muralla que separa el primer recinto del intermedio; a la derecha la torre del Hospital.

Desde la torre del Hospital parte una muralla que serpentea por la cima del cerro hasta la base del espolón, cerrando así el albacar—espacio para albergar a la población del entorno, su ganado y pertenencias, durante los conflictos y asedios—, un espacio de considerables dimensiones: su medida interior mayor, de oeste a este es 60 metros, y de norte a sur, 40 metros.
En ese espacio se conservan unos nichos que posiblemente fueron almacenes o refugio de la tropa. Las antiguas caballerizas (4), hoy reconstruidas, son hoy los aseos y una tienda de recuerdos.
Primer recinto; a la derecha la torre del Homenaje, a la izquierda la del Hospital.

A la derecha, las antiguas caballerizas, hoy reconstruidas.

Entrada al segundo recinto.

Muy cerca de la puerta del castillo (1), y casi enfrentada a ella, encontramos la entrada (9) al recinto intermedio. Justo a su derecha se levanta una torre (10) en la que se ubicaba un cuerpo de guardia.
Este recinto queda delimitado, por el oeste, con la muralla ya descrita, que dispone de adarve desde el que dominar el albacar del primer recinto, fue construida durante la segunda mitad del siglo XIV, y que se prolonga desde la Torre del Hospital (13) hasta la base del espolón. Uno de sus quiebros estuvo reforzado con un torreón (12) hoy desaparecido, del que sólo queda el arranque. A continuación se encuentra la torre del cuerpo de guardia y casi al final de la muralla es donde se abre la entrada (9) al segundo recinto. En su extremo norte se une a la base del espolón, al igual que la muralla del primer recinto.

Entrada al recinto intermedio desde la torre del Homenaje, a la izquierda la torre del cuerpo de guardia.

A este recinto se le puede considerar la plaza de armas del castillo. En él hubo numerosos edificios, organizados en los distintos niveles que presenta el terreno, y destinados al servicio del castillo, tales como una capilla y un cementerio (17), calabozos (16), cocinas, letrinas, talleres, estancias para la tropa y almacenes. Hacia el sur del recinto se conserva un aljibe (15), el de mayor tamaño de la fortificación —su capacidad fue de unos 60.000 litros—, de planta rectangular y gruesos muros de mampostería, protegido por una cubierta a dos aguas sostenida por arcos apuntados.
Algunas de estas antiguas estancias han sido reconvertidas en museo y sala de exposiciones (11).
Al fondo la torre del Hospital; a la izquierda el aljibe.

La torre del Homenaje, tercer recinto, desde la torre del Hospital.

Todo el flanco sur apenas si tiene muralla, pues es tan pronunciado el escarpe del terreno que la propia topografía es la mejor defensa, presentando tan sólo elementos de protección muy puntuales: concretamente, de la torre del Hospital, y hacia el sur, parte una muralla que rodea en parte el recinto y termina cuando las condiciones del terreno ya la hacen innecesaria. En torno al centro de esta muralla nace un corto lienzo (14) que avanza aún más al sur, como si de una pequeña coracha se tratara, para impedir el acceso desde el oeste.

Muy cerca ya del espolón, en el extremo este del recinto, y a una cota muy inferior, quedan los restos de lo que fue una poterna (18) desde la que se llegaba, por un pasillo natural entre las rocas, hasta la antigua aldea de Los Casares, situada a los pies del castillo. Posiblemente fue la existencia de ese pasillo natural el que forzó a la ejecución de la poterna y su protección mediante un tramo de muralla.
La torre del Hospital.

Y llegamos al recinto superior del castillo, que se sitúa sobre esa prominencia del terreno, en el costado norte de la fortaleza, que parece aún más rocosa que el resto de la montaña y que le hace más inexpugnable y vertical, más original e inconfundible. Este espacio, núcleo principal del castillo, cumplía los tres requisitos básicos que todo castillo, para su buena defensa, debía tener: difícil acceso, fácil defensa y, muy importante, magnífico domino visual del entorno, a fin de controlar el territorio más próximo. En el caso del castillo de Peracense se dan los tres, y con holgura —desde allí arriba, la visión del Valle del Jiloca es, sencillamente, espectacular—.
El recinto superior, la torre del Homenaje, desde el intermedio.

Su acceso se encuentra en la cara sur de este recinto, y se realiza a través de una puerta, bajo un arco ligeramente apuntado, situada a unos ocho metros del nivel del recinto intermedio. Para llegar hasta esa puerta se requería el uso de una escalera móvil, probablemente de madera, que se retiraba en caso de ataque y ocupación del resto del castillo por parte del enemigo. Próxima a la puerta está demolida parte de la roca sobresaliente, formando un hueco en donde se debía ajustar aquella escalera de madera; hoy, el espacio lo ocupa la actual escalera metálica (19).
Escalera desde la entrada a la primera terraza del recinto superior.

Se divide en tres espacios, tres terrazas sucesiva. En la primera se levanta la que llaman la torre del Homenaje, una falsa torre que en realidad es un grueso muro (20) de más de dos metros y medio de espesor y catorce de altura, bajo el cual y a través de una escalera tallada en la roca, se llega a un primer patio. A la izquierda de este patio quedan algunas estancias reconstruidas (21), que posiblemente fueran la armería y un polvorín. Desde la terraza de la torre se accede a un matacán emplazado en la vertical de la puerta.
La falsa torre del Homenaje desde el interior del recinto superior.

Escalera que une la primera terraza con el segundo espacio.

Segunda terraza, a la derecha la poceta para recogida de agua.

El segundo espacio, una vez traspasada otra puerta también de arco apuntado, nos lleva a donde se ubicaron el horno (22) y una mazmorra, o una bodega, subterránea (23). A la izquierda se ve una poceta para recogida de agua (28).
La tercera terraza está ocupada por lo que sería las estancias del alcaide del castillo, la sala principal (24), construida con sillares y cubierta con bóveda de cañón apuntado, y la cocina (25).

Exterior e interior de la estancia del alcaide.

Más allá de estas estancias, en la zona más al norte del castillo, se abre un último patio en el que se localiza otro aljibe (26). Y sobre la sala principal y la cocina, encontramos la que sería una cuarta terraza en la que se encuentra el tercer aljibe (27), el cuarto si contamos la poceta de la primera terraza; éste, con una profundidad de cinco metros, tiene una capacidad de unos 4000 litros. Todos los aljibes están perforados en la roca, y garantizaban el suministro de agua para el alcaide y sus más allegados. El agua de lluvia llegaba a ellos mediante una red de canales también excavados en la roca,
Último patio del castillo, con el cuarto aljibe.

Cubierta de las estancias del alcaide, a la izquierda el tercer aljibe.

Todo el conjunto de este tercer recinto fue muy modificado durante la ocupación del castillo en el período de las Guerras Carlistas en el siglo XIX.


RESUMIENDO:

Nombre: Castillo de Peracense
Municipio: Peracense
Provincia: Teruel

Tipología: Castillo.
Época de construcción: siglo XIII, ampliado durante los siglos XIV y XV.
Estado: En muy buen estado de conservación, la restauración llevada a cabo el pasado siglo lo ha hecho posible.
Propiedad: Pública, Ayuntamiento de Peracense.
Uso: Turístico y expositivo. En el albacar del primer recinto presenta una exposición de reproducciones de armas de asedio medievales.
Visitas: Visitable, previo pago de módica cantidad —aunque se pagara más, siempre sería una cantidad módica, por lo de la relación calidad precio—.
Estado: En un excelente estado de salud, lo que no quita que pudiera ser mejorable.
En la segunda mitad de la década de los ochenta del siglo pasado, se realizó una restauración, dividida en varias fases, de gran envergadura. Una de las exposiciones del castillo está dedicada a esos trabajos.
Protección: Bajo la protección de la Declaración genérica del Decreto de 22 de abril de 1949, y la Ley 16/1985 de 25 de junio sobre el Patrimonio Histórico Español.
Está declarado Bien de Interés Cultural, e inscrito en el Registro Aragonés de Bienes de Interés Cultural, en el apartado Monumento, según lo dispuesto en la Ley 3/1999 de 10 de marzo.

Clasificación subjetiva: 5, o sea, que no sólo no hay que perdérselo bajo ningún concepto, y hay obligación de verlo antes de morir, sino que, además, si no se hace, se morirá en pecado mortal.
Cómo llegar: Peracense se encuentra muy cera de la A-23, N-234; a la altura del kilómetro 160 (al norte de la ciudad de Teruel) tomar la TE-V9024 a Villafranca del Campo y siguiendo en dirección a Villar del Salz, tomar desvío a la izquierda que nos llevará a Peracense. Desde el pueblo hasta el castillo, 2’4 kilómetros, un corto paseo.


Nota final:
no son mías estas fotos, pero me han gustado tanto que no me resisto a ponerlas aquí

de castillodeperacense.es

de turismodearagon.com

martes, 7 de septiembre de 2021

Albarracín, castillo de Albarracín.

Parece ser que antes de la existencia de Albarracín, incluso cuando aún ni era una incipiente aldea, hubo aquí una iglesia prerrománica, en el lugar que hoy ocupa la actual de Santa María. En su entorno crecería un pequeño núcleo de origen visigodo.
Pero mucho antes ya hubo por aquí algún asentamiento, se han encontrado pinturas prehistóricas, restos de la Edad del Hierro, del Bronce. De los romanos nos queda el acueducto de Albarracín-Gea-Cella, una sus mayores y más impresionantes obras hidráulicas.
Damos un salto en el tiempo, estamos en el 711 y los musulmanes invaden la Península Ibérica, no tardando en someterla, incluyendo estas tierras. Enseguida se dieron cuenta de que el peñón sobre el meandro del río Guadalaviar tenía un gran valor estratégico, y era un buen lugar para asentarse. Había nacido Albarracín.
Hacia el año 965, los musulmanes ya tenían desarrollado el primer recinto defensivo de la futura ciudad, que era conocida como Santa María de Oriente, en el entorno de la iglesia preislámica del mismo nombre. Comprendía el castillo o alcázar, una torre albarrana —la del andador—, la que hoy es la iglesia de Santa María y un portal de entrada. Durante el Califato estuvo encuadrada en la llamada Marca Media.
Descompuesto el Califato de Córdoba, pasa a convertirse a principios del siglo XI en un reino de Taifa bajo el gobierno de la familia Banu Razin, pasando a llamarse Santa María de Ibn Razin.
En 1088, el Cid recibió en Calamocha a una embajada de la taifa de Albarracín negociándose que la misma se haría tributaria del Campeador. Esta situación duró hasta 1093, cuando éste advirtió que el rey de Albarracín pretendía la conquista de Valencia, ciudad que ya estaba bajo la protección del Cid, por lo que los cristianos lanzaron un ataque contra los musulmanes, resultando en una refriega herido el de Vivar de una lanzada en el cuello.

En 1104 los almorávides la anexionan al Reino de Valencia, y a mediados de ese siglo XII se integraría en la taifa de Murcia.
Hacia 1170, el rey Lobo, personaje de larguísimo nombre que resumo como Muhámmad ibn Mardanix o Ibn Mardanís, rey de la taifa de Murcia desde 1147 hasta su muerte en 1172, donó al caballero navarro Pedro Ruiz de Azagra, señor de Estella, la población de Albarracín, en pago a servicios prestados. Imagino que fueron militares aquellos servicios. Con lo cual resultó un señorío totalmente independiente de los reinos cristianos.

Y es que Albarracín siempre fue ambicionada por los cristianos, tanto por parte de los reyes de Aragón y del obispo de Zaragoza, como de los de Castilla y su correspondiente eclesiástico, en este caso el arzobispo de Toledo. El Señorío de Albarracín haría siempre frente a esas ambiciones procurando mantener su independencia, aunque en algún aspecto sí se subordinase, como cuando se creó el obispado de Albarracín —sólo dos años después de la implantación del señorío independiente, 1172— que dependería del arzobispado de Toledo.
En 1284 Pedro III de Aragón conquista la población y se la entrega, junto al señorío, a su hijo ilegítimo Fernando, a la vez que la dota de un fuero semejante al de Teruel. Terminó así el dominio de los Azagra sobre Albarracín.
Es en 1300 cuando Jaime II concede a Albarracín el título de ciudad, y en 1379, Pedro IV pacta con los representantes del señorío el reconocimiento de nuevos fueros y la anexión al Reino de Aragón.

Dichos fueros fueron parcialmente abolidos en 1598, reinaba Felipe II, y desaparecieron totalmente en 1707 con la publicación de los Decretos de Nueva Planta firmados por Felipe V. Es con este último cuando se desmantelaron las edificaciones interiores del castillo, pero no sus murallas y torres. Es de aplaudir que tampoco lo hiciera con el conjunto de murallas de la ciudad ni con sus torres albarranas.
Durante la Guerra de la Independencia fue un importante centro de la resistencia contra el invasor francés, que llegó a bombardear con intensidad la plaza, destruyendo el barrio de Tejedores, los molinos y batanes. El resultado fue clave en la decadencia económica de la ciudad.
En 1833, con la división territorial de Javier de Burgos, la Sierra de Albarracín quedará integrada en la actual provincia de Teruel.
Durante la Primera Guerra Carlista fue un seguro reducto de los carlistas, situación que provocó que perdiera a su último obispo y su catedral sería regida por vicarios capitulares. Actualmente depende del obispado de Teruel.

Hoy Albarracín es la capital de la Comunidad de Albarracín, 22 municipios más él mismo, y divide su núcleo urbano en tres partes: la Ciudad, que es la más antigua y elevada en el cerro; el Barrio, situado al lado del río; y el Arrabal, que se levanta más allá del río.


EL CASTILLO:

¿Qué castillo?, ¿cuál es el castillo de Albarracín?
Leo que hubo un tiempo en que las dos grandes torres de la muralla urbana de Albarracín, la del Andador y la de doña Blanca, más la de la Muela —ésta última, hoy desaparecida, se hallaba al otro lado del río—, fueron considerados castillos de la villa junto con el que hoy me ocupa. Cuando en realidad son albarranas que forman parte de la muralla de la villa.
Dejemos por ahora esas torres de lado y centrémonos en el castillo, la alcazaba propiamente dicha. Tiempo habrá más tarde para pasearlas.
Lo encontramos en una alta roca en el extremo sur de la población, casi mimetizado en el paisaje, apenas destacado sobre el peñasco que domina el meandro del río Guadalviar. Su silueta queda disminuida frente a la espectacularidad de las murallas de la ciudad, en las que sobresale poderosa la torre del Andador.
Su historia está inicialmente ligada a la familia de los Banu Razin, que controlaron el territorio durante el período califal, y posteriormente durante los primeros reinos de taifa. Lo atestiguan los restos cerámicos, de origen andalusí, hallados en su interior y correspondientes a los siglos X y XI. Además de otros utensilios que vienen a demostrar la importancia económica que los moradores del castillo tuvieron.
Este castillo formó parte del primer recinto defensivo que tuvo Albarracín, que se desarrolló alrededor de la iglesia preislámica de Santa María y que comprendió esta iglesia, el alcázar, una torre albarrana —la del Andador— y una puerta, el Portal de Hierro —hoy desaparecido—. Con la ampliación en el siglo XI del recinto amurallado de la villa, el castillo queda intramuros
Castillo que al ser por entonces musulmán debemos llamar alcazaba, pues también fue centro administrativo y de gobierno, cuartel de la guarnición, almacenes, caballerizas, etc.; además de protección y refugio para la población de la ciudadela y de las viviendas palaciegas que se construyeron en su entorno.
Tras la cesión del castillo a Pedro Ruiz de Azagra, señor de Estella, en 1170, la incipiente villa y su territorio, la fortaleza pasaría a llamarse de Santa María. La situación de total independencia del señorío supondría una gran mejora de las instalaciones del castillo a fin de convertirlo en la residencia de los señores de Albarracín, disponiendo de un gran patio central y viviendas para el alcaide la guarnición.
Cuando Pedro III —el Grande, a saber por qué— asalta la población, en 1284, debió sufrir grandes daños, como todas las murallas y puertas de la villa, pero fueron restauradas.
Pedro IV de Aragón —el Ceremonioso, 1319-1387— reforzó sus muros, construyendo las torres de la fachada orientada al interior de la población. Crónicas del siglo XVI hablan de un castillo “...bien edificado, pero que se está cayendo... fundado sobre un peñón... muy torreado... con barbacana y tres puertas... una plaza dentro muy copiosa y dos aljibes.” Posteriores reformas no fueron de tanta importancia, como las realizadas en tiempos de los Reyes Católicos.
Fue ocupado por las tropas de Felipe II cuando éste abolió sus antiguos fueros, ya que fue necesario el uso de la fuerza para apaciguar las revueltas de la población en toda la comarca. Es por ello que también se ejecutaron algunas obras de acondicionamiento, pues su función defensiva había decaído y se encontraba algo abandonado.
Durante el reinado de Felipe V — la publicación de los Decretos de Nueva Planta, 1707—, todas las instalaciones del interior del castillo fueron desmanteladas, no en cambio la muralla ni las torres. Lo que llevó a su abandono y saqueo. O sea, a su ruina.
Pero ello no evitó que fuera ocupado por las tropas francesas en la Guerra de la Independencia.



LOS DETALLES:

Su ubicación sobre una gran roca hace que su planta, un polígono irregular, se adapte al terreno ocupando todo el peñasco, ocupando una superficie de unos 3.400 m2.
Doce son las torres que salpican la muralla, de las cuales sólo una, en el lienzo orientado al sur, tiene planta cuadrada, siendo circulares las demás. Cuatro de las torres de la muralla de levante están abiertas al interior del castillo, siendo el resto macizas hasta el adarve.
Camino de acceso al castillo.
Fachada sur, con la única torre cuadrada.



Dispuso de tres puertas, conservándose actualmente un único acceso.
Su interior se encuentra prácticamente vaciado, habiendo desparecido sus edificaciones pero conservándose gran parte de las cimentaciones. A pesar de ello es posible identificar muchos de sus elementos y así hacerse una idea de lo que fue su configuración interior.
En la parte más alta del cerro, al norte, estuvo la residencia principal, un gran edificio de planta trapezoidal con patio central —bajo el cual existe un aljibe— rodeado de habitaciones. Esta edificación dispuso de un hamman o baño caliente, situado junto a la muralla, lo que indica el status social de los habitantes del palacio.
En la zona sur, a lo largo de la muralla, se levantan los restos de lo que fueron viviendas palatinas, edificadas en el siglo XI, concretamente tres viviendas y una alhóndiga; las tres viviendas tuvieron un patio central. Con la llegada de los cristianos, estas viviendas fueron reformadas como adaptación de los espacios a los nuevos usuarios.
No se conservan los dos edificios que se construyeron, en la zona sur y oeste, durante la época de Pedro III de Aragón para albergar a la guarnición.
Fachada este del castillo.


RESUMIENDO:

Nombre: Castillo de Albarracín.
Municipio: Albarracín.
Provincia: Teruel.

Tipología: Castillo-alcazaba.
Época de construcción: siglo X-XI, más reformas sucesuvas.
Estado: En buen estado su muralla y torres, que es lo único que queda. Desde 1993 se vienen desarrollando intervenciones arqueológicas y de restauración del castillo, las últimas para acondicionar el recinto al uso turístico.
Propiedad: Pública, Ayuntamiento de Albarracín.
Uso: Turístico.
Visitas: Totalmente libre el exterior, y guiado el interior, previo pago. He de confensar que no pude acceder al interior del castillo durante mi visita a Albarracín, y cuánto lo lamento; la rigidez de los horarios me impidió hacerlo, y aunque las distancias son cortas cuando salí de la catedral y fui al castillo, a éste ya le habían cerrado sus puertas: perdí la visita y el importe de la misma.
Protección: Bajo la protección de la Declaración genérica del Decreto de 22 de abril de 1949, y la Ley 16/1985 sobre el Patrimonio Histórico Español.
El 3 de junio de 1931 fue incluido en el Tesoro Artístico Nacional.
Está declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Monumento desde 1961, y considerado como uno de los pueblos más bonitos de España. Lo cual ya es un título.
Deberían declararlo Patrimonio de la Humanidad.
Castillo y catedral desde la Plaza Mayor.

Clasificación subjetiva: 3, es decir, que se incluirá obligatoriamente en una ruta de viaje, o lo que es lo mismo, se hará todo lo posible en esta vida por visitarlo.
Pero es evidente que al estar situado en la impresionante ciudad de Albarracín su consideración debe de ser otra, por lo que veo obligado a elevar esa puntuación a 5, que viene a significar que no sólo se hará todo lo posible en esta vida por visitarlo sino que además hay obligación de verlo antes de morir, y si no se hace se morirá en pecado.
Cómo llegar: