martes, 13 de diciembre de 2016

Gautéguiz Arteaga, castillo palacio de Arteaga

Hace unos meses viajé al norte, y entre los muchos intereses que llevaba en mente estaban dos castillos, el de Butrón y éste. En ambos casos me vi satisfecho porque los dos visité, aunque por razones propias de muchos de estos edificios, no pude pasearlos por su interior: ambos de propiedad privada, el de Butrón estaba cerrado y éste, que es un hotel, sólo es visitable parcialmente. Tuve que conformarme con su visión externa; espléndida perspectiva en ambos casos.

Éste de Arteaga se me apareció bajando hacia Guernica, casi pegado a la carretera que pasa por la población. Tiene la característica, a mi entender, de que gusta más a quienes no han profundizado mínimamente en este submundo. Otros, en cambio, somos más de las piedras gastadas, de la ausencia de elementos por culpa del tiempo; y es que a esta torre y alrededores le falta edad y le sobra brillo. Lo que no quita que se mire y se pasee con calma y gozo.
Lo que hoy se ve es fruto de las obras de recuperación de la vieja torre, que se acometieron por deseo de Eugenia de Montijo, Emperatriz de Francia por matrimonio con Napoleón III, en agradecimiento a que las Juntas Generales de Vizcaya nombraran a su único hijo como “vizcaíno de origen”.
Pero la historia de la torre, la primitiva, viene de mucho antes. Hemos de irnos hasta finales del siglo XIII y principios del XIV, cuando:

— un tal Joannes Roiz de Abendaño, Señor de Aramayona, casa con María de Gauteguiz de Arteaga;
— el segundo de sus hijos, Fortún García de Abendaño y Arteaga hereda los linajes de Gauteguiz y de Arteaga;
— su hijo, Fortún García II de Abendaño, que adoptó para su escudo de armas una encina verde en campo de plata, incorporó vasallos, rentas y reedificó la casa familiar de Artiaga y fue muerto a traición por el Rey Pedro de Castilla en 1356;
— su heredero fue su hijo Martín Roiz que es quien de verdad comienza a dar lustre a la familia;
— al anterior le sucede su hijo Fortún García III de Arteaga y Abendaño, que también se casará (éste dos veces), y después su heredero, y el heredero de su heredero, y así sucesivamente con lo que se fueron vinculando, mediante matrimonios, con otras familias y linajes;
— con tanto cruce de familias y el consiguiente acaparamiento de poder, no es de extrañar que surgieran conflictos con otras familias igual de poderosas, así que a mediados de 1468, el Señor de Múgica y sus aliados derrotan en Rentería a los de Arteaga, haciendo preso a Fortún de Arteaga, quemando sus casas y desterrando a todos los arteagueses;
— finalizado su cautiverio, Fortún de Arteaga se dedica a reconstruir sus propiedades, entre ellas la torre, que terminó en 1476.

Todo esto viene a cuento porque un edificio como éste bien merece detenerse unos minutos para conocer un poco más a fondo su historia. Encontré estos datos y muchos más en urdaibai.org y no me he resistido a no dejarlos aquí, aunque bastante resumido. Pero aún queda más:

Fortún de Arteaga reconstruyó su torre, y a once y quince metros de ella levantó
un fuerte muro  que reforzó con torreones en sus cuatro esquinas —los orientados al sur de más de cinco metros de radio, y los del lado norte de 3,55 metros—.
A continuación otra cerca almenada muy alta (5,75 m.) y gruesa (2,10 m.), y la aisló mediante un foso, un puente levadizo y una robusta puerta.
Con estos elementos, los Arteaga retan a los Múgica ocho años (1476) después de la derrota de Rentería, imponiéndose los primeros.
En 1496 el linaje de los Arteaga se constituyó en mayorazgo y vinculó su casa a la de los Avellaneda.
Poco a poco van olvidándose del ayer (incluso dejan de bautizar a sus hijos con los nombres tradicionales) con el fin de desvincularse de tragedias pasadas. Lo que no impide que la familia, más preocupada por su prestigio en la corte que por el mantenimiento de su propiedad, entre en un período de decadencia.
A mitad del siglo XVIII la torre de Arteaga es ya una enorme casa de labranza, aunque conserva intactos y almenados sus cuatro torreones y sus muros.
Y entonces he ahí que un señor emparentado directamente con los Arteaga, y residente en Granada, de nombre Cipriano de Palafox y Portocarrero, Duque de Peñaranda, va y tiene una hija  el 5 de mayo de 1826 a la que llama María Eugenia, conocida para la posteridad como Eugenia de Montijo.
Casada con el emperador francés Napoleón III, tuvieron un hijo que se llamó Napoleón Eugenio Luis, o Eugenio Luis de Juan José (lo he visto escrito de varias formas) y que murió joven y lanceado por los zulúes cuando tenía 23 años.
Pues a este señor es a quien Las Juntas Generales de Vizcaya nombraron, en 1856,  vizcaíno de origen dada la fuerte vinculación de su madre con ese territorio.
Agradecida Eugenia de Montijo por tal honor, decide restaurar la torre de sus antepasados con el resultado que hoy vemos.



El proyecto es encargado a los arquitectos franceses Couvrechet (que falleció a los tres meses de iniciarse las obras) y Ancelet (que la concluyó), los cuales eran responsables de las obras de los Sitios Imperiales. Éstos, en vez de acometer una recuperación y rehabilitación de la antigua torre, optan por la construcción de una nueva que pudiera adecuarse y cubrir las necesidades de la familia imperial, condiciones que no hubiera ofrecido la vieja.
Sin embargo, mantuvieron los muros del recinto y sus cuatro torreones, entre los que destacan los dos de la fachada sur por su desproporcionada relación base-altura. En la fachada este y junto al torreón situado al suroeste, se construyó una nueva y ostentosa portada.

Donde la vieja torre estuvo, los constructores franceses levantaron otra majestuosa y sobresaliente sobre el incomparable paisaje que la rodea. Para su diseño se apoyaron en el movimiento propio de la época, el romanticismo, muy influido por el estilo gótico. Destacan los arcos apuntados ciegos que se elevan en cada una de sus cuatro fachadas, desde el plinto hasta la cornisa superior; las ventanas geminadas y las gárgolas.
En las dovelas de los arcos de las ventanas introdujeron una pincelada de color (mármol rojo) que sobresale entre el mármol gris abujardado y la caliza.
El resultado, un edificio de 17,00 x 12,00 metros en planta y algo más de 30,00 de altura, ejecutado en una sillería perfecta. En su interior, cuatro plantas unidas por una escalera que se aloja en una torre octogonal adosada a su esquina suroeste:
En el sótano la bodega y almacén; en la planta baja la cocina y dependencias del servicio; una escalinata lleva al vestíbulo de la primera planta, que disponía de dos salones; en la planta segunda los dormitorios principales y la capilla; y en la última los dormitorios del personal de servicio de mayor rango.
Dado el carácter residencial del edificio, éste carece de elementos defensivos, y los pocos que tiene son más ornamentales que bélicos: un matacán en el centro de cada fachada y otros tres en las esquinas; gruesas almenas voladas sobre merlones tratan de darle cierto carácter medieval. En la muralla exterior se abren ocho troneras, dos por cada lienzo.
Por último señalar la existencia de dos escudos, uno de gran tamaño en la fachada principal de la torre, y otro sobre la puerta de la muralla de dimensiones más reducidas.



La finca en la que se encuentra es de acceso libre, como también lo es el patio del castillo y las instalaciones hosteleras en él situadas; la torre sólo para clientes del hotel. Pero eso es suficiente para pasar en él una entretenida tarde, y pasear por un entorno y un paraje privilegiado.
 Y paseando por la cuidada pradera que le rodea leo en la red que nunca fue ocupado por su propietaria, ni por algún miembro de su familia. Que incluso cuando ya destronada, exiliada en Inglaterra, viuda, muerto su hijo y con su fortuna menguante, decide volver a España, opta por el asilo que le ofrece la Casa de Alba en Madrid y no por su castillo de Arteaga, que era la única propiedad que le quedaba.
A pesar de ello, se acometieron obras de mejora en la torre, dotándola de electricidad y agua potable. Pero ni por esas volvió. Murió en el palacio de Liria de Madrid el 11 de julio de 1920.

Nombre: Castillo de Arteaga.
Municipio: Gautéguiz de Arteaga, Gautegiz Arteaga
Localidad: Celayeta, Zelaieta.
Provincia: Vizcaya.

Tipología: Castillo palacio.
Época de construcción: finales del siglo XIII, reconstruida en 1476.
Remodelaciones: La torre actual es de 1856.
Estado: Bueno o, mejor dicho, muy bueno.
Propiedad y uso: titularidad privada; es un reconocido establecimiento hotelero, lo que ayuda a mantener no solo su excelente estado, sino también sus características originales.
Protección: Bajo la protección de la Declaración genérica del Decreto de 22 de abril de 1949, y la Ley 16/1985 sobre el Patrimonio Histórico Español.
Visitas: Acceso libre al patio del castillo donde se encuentran la cafetería y el restaurante.
El resto de plantas sólo para clientes del hotel.
Calificación subjetiva: 3*, o sea que hay que hacer todo lo posible en esta vida para no perdérselo.
Otras cuestiones de interés: evidentemente el entorno, la ría de Guernica en plena Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Y el propio pueblo de Guernica, con el significado que ello tiene.



Cómo llegar: Lo encontré mientras circulaba por la carretera BI-2238 camino de Guernica.



sábado, 10 de diciembre de 2016

Villablanca, Huelva

Población:  VILLABLANCA

Municipio:  VILLABLANCA
Provincia:   HUELVA
Escudo:
Descripción:       
Escudo español, cuadrilongo de base circular.
Escudo partido.
Primero, las armas de los Guzmanes.
Segundo, de plata, un olivo de sinople.
Al timbre corona real cerrada.
Aprobado por Real Decreto de 15-10-1982.

Recurrencia:
La bordura componada con castillos y leones corresponde a los Pérez de Guzmán, condes de Niebla. Claro que todo el primer cuartel del escudo es el de los Condes de Niebla.
Sin referencias sobre la existencia de castillo o torre alguna en la localidad.

martes, 6 de diciembre de 2016

La torre del Loro o torre de Oro


Subiendo la marea (de playascalas.com)

Continuando el paseo por la costa de Huelva, y después de haber visto la torre Arenillas, en la embocadura del puerto de Huelva, llego a la torre del Oro, o del Loro, que también he leído así su denominación. Me voy a quedar con la segunda, me suena mejor, distinto, como más exótico, y además me sirve para no confundirla con la torre sevillana del Oro.
En primer lugar, y antes de olvidar escribirlo, tiene esta torre una particularidad que quizás muy pocos edificios posean, y es su ubicación: se sitúa justamente en el punto de intersección de los límites de cuatro municipios. Es decir, que cuando se la rodea, se va pasando de un término municipal a otro, concretamente del de Palos de la Frontera al de Moguer, de éste al de Lucena del Puerto y por último al de Almonte.
Así que hablar de la historia del lugar donde se localiza la torre (tema por el que me intereso con cada castillo o similar) me parece hoy innecesario, porque habría que hacerlo de varios pueblos. Y como los cuatro tienen motivos y elementos para incluirlos en esta Casa de la Tercia, me limitaré hoy sólo a la torre.
A ella se puede llegar desde Huelva o desde Matalascañas, ya que está en la carretera que une ambas poblaciones. 



Si se miran atentamente  los tres mapitas no habrá pérdida. Apenas once kilómetros desde Mazagón hacia Matalascañas, desvío señalizado a la derecha, por supuesto dirección al mar,  hasta una vieja edificación que fue residencia veraniega de militares o algo así. Y desde aquí se desciende hasta la playa por un camino arenoso, rodeado de vegetación y humedad, desde el que enseguida se ve la torre. Si es verano, como fue mi caso, la torre estará rodeada de bañistas, lo que quita algo de encanto a la hora de mirarla, pero no por ello decepcionará, no desagrada que todo lo bueno pueda ser compartido.

Elcamino que lleva a la playa, al fondo la torre.

El entorno donde se ubica es sencillamente espectacular: Parque Nacional de Doñana, acantilados del Asperillo y las arenas de la playa más larga de España, la playa de Castilla, llamada así en honor al Reino de Castilla, ya que fue la primera salida al océano Atlántico que tuvo la Corona de Castilla en el sur de la península.
Decía que es la playa más larga de España porque supongo que no hay otra que supere los casi sesenta kilómetros que distancian Mazagón de la desembocadura del río Guadalquivir. Un inmenso paseo de arena, bello e interminable, que se agradece después de la visión que la ciudad de Huelva deja con sus fábricas y sus humos. A un lado el océano, y al otro el bosque de pinos, las dunas, el parque de Doñana. Naturaleza en fin, de la buena.
Y en el entorno de la torre, en el acantilado, manantiales de agua dulce y baños de lodo. Todo un completo para un día excepcional.


Y ahora un poco de historia, pero muy poco:

Digamos que todo lo dicho en otros artículos respecto a la historia de las torres costeras de Huelva, es extensivo a ésta. Así que poco he de añadir a lo de que “forma parte del plan concebido en tiempos de Felipe II para proteger la costa desde Faro hasta Tarifa”. Los piratas berberiscos y su afán por saquear la costa española, obligaron a ejecutar la línea de torres almenaras que, hoy medianamente conocemos.
Como en todas las demás, se eternizó su construcción, que quién la paga, que quién la construye, que quién vigilará desde ella. En fin, temas que aún perduran.
Con el tiempo, y seguramente por motivos también económicos, fue disminuyendo su uso, reduciéndose a las épocas del año en las que  los piratas frecuentaban nuestras costas, que claro está, coincidía con el verano.
Su nombre, del Oro, proviene del arroyo que desemboca al mar frente a ella. La palabra se va deformando ligeramente hasta llegar a Loro, y de ahí no sólo a la torre sino también a urbanizaciones, bares y restaurantes. Incluso existe un vino, de esos que llaman de mesa o sea, de calidad indefinible por no molestar, que lleva su nombre. He de incluirlo en mis recurrencias.
Y ya está.




Si la marea está baja podremos apreciar hasta sus cimientos, y rodeada de agua si está alta. No debió ser así en la antigüedad, cuando la pleamar no llegaría hasta donde ahora lo hace; así se explica su ubicación aquí y no sobre el acantilado. La situación es totalmente inversa a las anteriores: la de Isla Canela, la del Catalán o la de Punta Umbría. Merece la pena verla emerger del agua, sugiriéndonos compararla con la estatua de la Libertad en aquella inolvidable película.

Leo que fue considerara “muy buena y bien artillada” a pesar de que las dos piezas que disponía estaban “en el suelo y enclavadas, que no son de ningún provecho”. Aunque la
guiadigital.iaph.es se refiere a que hay textos que señalan que en su plataforma se encontraban situados tres cañones de hierro de los calibres 12, 8 y 6.
De los dos tipos que se construyeron, ésta era de las de mayor tamaño, como la de Punta Umbría, con dos cámaras interiores y terraza.
Tuvo dos cuerpos, el inferior formado por sillares a escuadra en soga, siendo esta medida cuatro veces mayor que su canto, lo que le proporcionada una enorme solidez. Estos sillares sólo forraban el primer tercio de la torre, siendo mampuestos el resto; se pensó que eso era suficiente para para soportar las fuertes acometidas del mar.
Por otra parte, dada su ubicación en el pleno arenal de la playa, se optó por rellenar, una vez construida, el aljibe o pozo central de argamasa de cal y ripios, para evitar que la oquedad comprometiera la verticalidad de la torre. Los cimientos de la torre se encharcaban continuamente tanto por la pleamar como por el río del Loro que ahí desemboca.
Hoy podemos observar entre sus restos que la cámara estuvo cubierta con una bóveda semiesférica —un gran fragmento desprendido de la torre así lo atestigua—, y que el acceso a la cubierta se hacia mediante una escalera de caracol.

A pesar de su lamentable estado, no es la peor conservada. La torre de la Higuera en Matalascañas está bastante más deficiente, y la del Asperillo apenas si se aprecia. Pero ahí sigue, aguantado el viento, las olas del mar, resistiendo al paso tiempo en un entorno, para ella, bastante agresivo.
Al menos consuela que su deterioro no es obra del hombre sino de los elementos atmosféricos, del terremoto de Lisboa y de la constancia del mar. Pero no debe bastar ese consuelo para evitar prestarla atención antes de que le llegue el final. Es necesario consolidar lo que de ella queda para que los inviernos, los temporales y el arroyo del Oro, no socaven sus cimientos y la echen total y definitivamente al suelo.


sábado, 3 de diciembre de 2016

Castillo San Simón, D.O. Jumilla, Castillo San Simón

Nombre:         CASTILLO DE SAN SIMÓN

D.O:                 JUMILLA
Bodega:          BODEGAS 1890, GARCÍA CARRIÓN
Dirección:
Email:
Web:               http://www.garciacarrion.es

Tipo:              TINTO
Variedad:      MONASTRELL
Año:              1999
Tratamiento:
Graduación: 12’5% Vol.
Etiqueta

Contraetiqueta

Descripción de la etiqueta:
Que es lo que siempre me interesa, apenas nada de particular: el nombre y los datos de rigor, ni un mal dibujillo, ni un escudo seudo-nobiliario. Nada de nada. Podrían haber adornado algo la botella, inventarse una torrecilla, pero no, no lo han hecho. Les ha quedado mejor a esta bodega un vino que envasan en cartón con otro nombre también muy recurrente. Lo buscaré y lo dejaré aquí.

Sobre la recurrencia:
El nombre de este vino es algo más que conocido, no por tratarse de un castillo que, estoy segurísimo, no existe, sino por el propio nombre que también es, probablemente, el más conocido vino de mesa (de mesa, como si los demás se bebieran en el suelo) que  se comercializa en nuestro país y que, genéricamente, denomina así a todos los vinos que se envasan en tetrabrik.
Busca amigo busca, y si encuentras en algún lugar de España este castillo, por favor, dímelo. Otro más a añadir a esa lista de nombres inventados a los que los productores recurren para hacer más atractiva la comercialización de sus elaboraciones. Es por tanto una auténtica recurrencia inventada, y como tal figura en este blog.
Así que niego a gritos la existencia del castillo de marras, del que por cierto aún no he dicho el nombre. Ahí va: CASTILLO DE SAN SIMÓN, queda dicho, no hay nada más que declarar, que esto no da para más.

Otras cuestiones a considerar:
Alabar el gusto del bodeguero por intentar elevar la categoría de sus vinos adjudicándoles tan recurrente nombre, pues embotellan algunos más con la misma denominación, pero con distintas cosechas y tipos de uvas.
Aunque creo que no merece la pena buscarlos. 

Aquí queda esto. 

martes, 29 de noviembre de 2016

Fuenterrabía-Hondarribia, castillo de Carlos V


Qué curioso me resulta, hay que subir muy muy al norte, a las Provincias Vascongadas y a un tiro de cañón de Francia, para encontrar un castillo con el nombre del Emperador. Una fortaleza recia y severa construida sobre los restos de un castillo medieval, ubicada en el punto más elevado de Fuenterrabía y dominando estratégicamente la desembocadura del río Bidasoa.
Por cierto, ¿Fuenterrabía u Hondarribia? La primera es castellano, la segunda (¿oficial?) es vasco. En la guidehondarribia.es usan Fuenterrabía aclarando que sólo cuando se refieran a su pasado histórico, de lo que deduzco que la primera denominación es mucho más antigua que la segunda. Como aquí de lo que hablo es de pasado, es por lo que usaré Fuenterrabía. Y porque es en castellano, claro.

Fuenterrabía, hacia 1476.
Fuenterrabía es población que, como escribo muchas veces refiriéndome a tantos otros lugares, se precia de su remoto pasado, que la lleva hasta los romanos, como no podía ser menos, aunque realmente el origen de la actual población es de algunos siglos después, durante la Edad Media, al ser considerado el lugar como la puerta norte de Castilla.
Pero antes fue de Navarra, como lo fue toda la costa de la actual Guipúzcoa. Y para mantener esta salida al mar, hacia finales del siglo XII, el rey Sancho el Sabio fundó una serie de villas, tales como San Sebastián, Guetaria y Fuenterrabía. Se convertía así en una de las pocas poblaciones marineras del Reino de Navarra.
Nuevamente en manos de Castilla pasó a depender de San Sebastián y por su condición fronteriza fue fuertemente amurallada en previsión de ataques franceses. Previsiones que se cumplieron: en 1521 el rey francés Enrique II ocupó la fortaleza en su pretensión de adueñarse de Navarra; y en 1638 lo volvieron a intentar —tal acción se conmemora en el alarde—
Y suma y sigue: en 1794 sufrió graves daños durante el cerco y posterior toma, nuevamente por parte de los franceses en la Guerra de la Convención, los cuales, como no, destruyeron parte de sus murallas y del castillo. A pesar de semejante derrota, no sólo siguió conservando lo de «muy noble, muy leal y muy valerosa ciudad», sino que además Carlos IV lo amplió con un «muy siempre fiel».
Operación que repetirían en la Guerra de Independencia en 1808, que lo dejó en un pésimo estado.
Pero no queda aquí la cosa. En la primera Guerra Carlista la ciudad tomó partido por el bando de Don Carlos y fue tomada en 1837 por el general Espartero.
A partir de entonces, la población vivió un declive económico, siendo sus recursos los derivados de la agricultura y la pesca. Sin embargo, el siglo XX se presentó con una nueva fuente de riqueza que ha perdurado hasta hoy: el turismo.  
Fachada a la Plaza de Armas.
Y ahora vamos con el castillo, que no es la única edificación militar existente en Fuenterrabía y sus alrededores, pero sí la más antigua y simbólica. Tanto que figura en su escudo y en lugar preferente. Concretamente en el escusón, en plata y flanqueado por dos estrellas. El resto del escudo, bastante complejo, está formado por:

Cuatro cuarteles: en el superior derecho y en campo de oro, un ángel con una llave en la mano; en el superior izquierdo y sobre campo de plata un león rampante en su color; en el inferior derecho un barco envergado sobre ondas verdes y debajo una ballena arponada; y en el inferior izquierdo una sirena con un espejo en su mano y un tritón con una granada.
En el escusón un castillo en plata sobre fondo azul y ondas también azules, con dos estrellas a cada lado.
Sobre la cimera, imagen de la Virgen de Guadalupe.


Se tienen noticias fehacientes de su existencia desde el año 1200, atribuyéndose su construcción, tiempo antes, a Sancho Abarca de Navarra. Otro rey navarro, Sancho VII el Fuerte se encargaría de ampliarlo hacia 1190.
La constatación de su existencia nos ha llegado por la referencia que a él se le hace en las crónicas con motivo de la anexión de Guipúzcoa a la corona de Castilla que en ese momento estaba sobre la cabeza de Alfonso VIII.
Doscientos y pico años más tarde es reformado por los Reyes Católicos, y unos años después es su nieto Carlos I/V quien lo amplía —se construye una plataforma artillera, porque había que ir ya con los tiempos— y le da una traza palaciega. Del emperador queda su nombre.
Fachada norte del castillo; a la izquierda la ampliación para el parador.
Durante toda su historia tuvo un activo uso militar dado su posición sobre el río frontera, a la vez que residencia del Gobernador Militar. Por él pasaron otros reyes, como los Felipe IV y V, y personajes como Velázquez cuando siendo aposentador real, se encargó de acondicionarlo como residencia temporal del rey.
En 1929 el Ayuntamiento, a instancias de la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, compra el edificio —su anterior propietario lo había adquirido por una cantidad ridícula— ante la posibilidad de que pasara a manos extranjeras, a la vez que se encontraba bastante deteriorado.
En 1959 se hicieron obras de adaptación con motivo de la exposición organizada entre España y Francia, conmemorativa del tercer centenario de la Paz de los Pirineos (1660).
El 25 de mayo de 1966, el Ayuntamiento acuerda que la fortaleza pase a manos del Estado, que lo reformará y acondicionará como Parador de turismo bajo la directriz del entonces Ministerio de Información y Turismo.
El castillo nació como un edificio cuadrangular de fachadas lisas y recios muros de 2 y 3 metros de espesor, reforzado en sus esquinas por cubos circulares, de los cuales quedan restos de dos de ellos en la zona este.
Visualmente destaca por su monumentalidad y aspecto austero y sólido de su fábrica de sillares: una gran mole maciza, de gran altura y con pocos huecos, toda ella cubierta por una gran bóveda de cañón corrido también ejecutada en piedra.
Existe cartografía de 1797 donde consta que tuvo hasta seis plantas, con dependencias para la tropa, cuerpo de guardia, almacenes y depósitos para municiones y pólvora. También caballerizas y calabozos.
La terraza superior, apoyada sobre la bóveda de cañón y que estuvo cubierta por un tejado, llegó a estar dotada con hasta diez piezas de artillería.
En la actualidad se nos presenta con el núcleo central que se construyó en la Edad Media y planta cuadrangular con patio, combinándose elementos de estilos gótico y renacentista.
Fachada principal, hacia la Plaza de Armas.
 En la fachada principal, sobria como todo el edificio y que mira hacia la denominada Plaza de Armas, destaca la puerta principal, de reducidas dimensiones, compuesta por un arco muy rebajado y escasamente decorado, enmarcado en un alfiz. Está ejecutada principalmente con sillares, y presenta una línea de pequeños huecos de medio punto abocinados, uno a cada lado de la puerta y otros sobre los anteriores. Las ventanas rectangulares son muy posteriores.

Dos vistas de la fachada lateral sur.
Se conserva gran parte de la fachada sur, donde se alojaba el cuerpo de guardia y las caballerizas. En una de sus ventanas, que en otro tiempo fue una puerta, todavía puede verse un remate con decoración de bolas semejante al de la portada de la fachada principal.
Entrada a la cafetería en la fachada sur.
La cafetería es la única dependencia accesible al visitante no cliente.

La compañía en la cafetería.
Entre las reformas que se efectuaron en 1968 cabe destacar las modificaciones realizadas en la fachada principal, a la que se añadió un escudo con águila bicéfala y un guardapolvo o polsera, a fin de dar más carácter al edificio. También se incorporaron sillares para tapar antiguas marcas de tejados y otros defectos.
Para su adaptación como edificio hotelero, se aprovechó la reforma que se hizo en 1959 para alojar una exposición internacional, y que consistió en la construcción de dos entreplantas en el cuerpo principal.
También se eliminaron edificaciones adosadas que se encontraban ruinosas, y la vivienda del Gobernador se transformó para alojar habitaciones del Parador. 
De nueva ejecución son también el vestíbulo y el bar en planta baja, y los salones en la planta superior abiertos a la gran nave abovedada.


Fachada trasera, oeste, totalmente reformada y adaptada a su actual uso.

Nombre:
Castillo de Carlos V.
Provincia: Guipúzcoa
Municipio: Fuenterrabía-Hondarribia.
Localidad: Fuenterrabía-Hondarribia.

Tipología: Castillo-Palacio.
Época de construcción: finales del siglo XII y posteriores reformas y ampliaciones hasta el siglo XV.
Estado: Es evidente que el uso que tiene ayuda a que su estado de conservación sea excelente.
Propiedad: Pública.
Uso: Hotelero —pertenece a la red de Paradores de Turismo S.A. —.
Visitas: sólo es accesible a los clientes del parador; a los “visitantes” solamente se les permite el acceso a la cafetería en planta baja, ni siquiera al patio interior (lo que me parece que está feo).
Protección: Está declarado Monumento Artístico Provincial desde el 17 de enero de 1964 y Monumento Nacional desde el 4 de agosto de 1984.
Bajo la protección de la Declaración genérica del Decreto de 22 de abril de 1949, y la Ley 16/1985 sobre el Patrimonio Histórico Español.

Clasificación subjetiva: 3, o sea, que se incluirá obligatoriamente en una ruta de viaje y se hará todo lo posible por visitarlo. Sobre todo porque el resto de la ciudad tiene otras edificaciones de carácter militar.
Cómo llegar: Fuenterrabía se encuentra en en el extremo noreste de la provincia de Guipúzcoa, justo en la desembocadura del río Bidasoa, mirando al río y a la vecina localidad francesa de Hendaya.
Una vez allí, caminando es fácil llegar a la actual Plaza de Armas, que lo fue del castillo.
Otras cuestiones de interés: En el Parador se exhiben seis de los ocho tapices que entre 1630 y 1635 diseñó Rubens con el tema de la Historia de Aquiles.
El escudo de la ciudad luce una imagen de la virgen de Guadalupe, patrona de la ciudad, a la que se atribuye la liberación de la plaza el 7 de septiembre —víspera de su festividad— de 1638.