EL CASTILLO:
Jaime II de Mallorca (1243/1311) —no confundir con Jaime II de Aragón (1267/1327) — lo mandó construir allá por siglo XIII —firmó la orden en un documento el 22 de mayo de 1263— pero las obras no comenzaron hasta principios del siglo XIV. Está documentado que en su construcción trabajaron 60 canteros, 150 mujeres y seis esclavos.
Pocos años después de su construcción, en 1349, el reino de Mallorca desaparece reincorporándose sus territorios al de Aragón.
Lo diseñó y construyó el mallorquín Pedro Salvá —que también trabajó en la Almudaina—, terminando las obras hacia 1310. Las pinturas interiores las realizó Francisco Cabalati.
Aquí fue donde Jaime II estableció su corte, pero sólo él, que los que vinieron después —Sancho I y Jaime III— lo prefirieron sólo como residencia de verano, e incluso como refugio durante una epidemia de peste en tiempos de Juan I.
Pero a pesar de su carácter netamente residencial, también sufrió algún que otro asedio: en 1343, por parte de Pedro IV de Aragón —vuelta del reino de Mallorca al de Aragón—; en 1391 durante la revuelta del Call —judería de Palma—; y en 1521fue asaltado por primera y única vez en su historia durante la rebelión de las Germanías.
Resulta paradójico que apenas fuera usado para lo que realmente se edificó: sólo libró una batalla, y como residencia real lo fue durante cortas temporadas.
En el siglo XV fue propiedad de la Cartuja de Valdemosa, que ostentó el señorío de Bellver.
Durante varias etapas de la historia fue utilizado como prisión: de los partidarios de Jaime III tras su derrota en Lluchmayor ante Pedro IV de Aragón; y de manera alternativa por los adeptos a uno u otro bando en la guerra de Sucesión.
También, en la guerra de la Independencia, acogió a oficiales franceses presos en la batalla de Bailén —los soldados presos fueron llevados a la isla de Cabrera, donde vivieron en peores condiciones—; y a otros militares españoles, como los generales Lacy y Gautiery y Martínez Campos.
Igualmente hubo presos políticos, como el que fuera ministro de Gracia y Justicia con Manuel Godoy, Gaspar Melchor de Jovellanos que estuvo en el castillo entre los años 1802 y 1808, tiempo que aprovechó para dibujar los planos de castillo y escribir sobre la botánica y geología de las tierras de alrededor; y todo ello gracias a que, dada su fortuna, pudo residir allí de forma más acomodada que el resto de prisioneros.
En 1821, año que coincidió con una epidemia de fiebre amarilla, el castillo fue utilizado como fábrica de moneda.
En 1931 el gobierno de España cedió el castillo y su entorno, a la ciudad de Palma, que lo convirtió en un museo. Unos años después, durante la Guerra Civil volvió a ser dedicado a cárcel; en este caso de presos republicanos.
Desde 1976 acoge el Museo de Historia de Palma de Mallorca.
LOS DETALLES:
De entrada, dos cosas llaman su atención: desde la lejanía, su espigada torre albarrana; y en su interior, el exclusivo patio circular que, me atrevo a decir, compite con el del palacio de Carlos V en Granada.
Pero no sólo es el patio, todo el castillo es circular y tres de sus torres semicilíndricas. La cuarta, la del Homenaje, ya se ha dicho que es albarrana, unida al muro por un puente sobre un esbelto arco apuntado. Cilíndricos son también los cuatro garitones adosados entre torre y torre, la ondulante y desproporcionada barbacana y, por último, curvo es igualmente el revellín que mira al norte. Tantos círculos obligan a decir que es el único castillo español circular.
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El primer foso.
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El segundo foso.
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Y como todo esto les pareció poco a sus constructores, delante de la barbacana excavaron un foso, y a continuación otro foso más, a modo de liza pero sin serlo, para separarla de los elevados muros del castillo. Las bases de ambas, muralla y contraescarpa de la barbacana, son alamboradas.
Estos fosos también sirvieron para recoger agua que luego se almacenaría en el aljibe central.
En fin, algo único, una maravilla.
Rodeando el primer foso se observan restos de más defensas, ejecutadas en el siglo XVI, cuando el castillo se adaptó a las nuevas técnicas de guerra con la aparición de la artillería. Obras que aún continuaron durante el siglo XIX.
Su aspecto interior, más palaciego que militar, queda lejos de la imagen que dan la mayoría de los castillos españoles. Sin embargo, su traza exterior, aparentemente cerrada y muy robusta, en la que se abren algunas ventanas de medio punto y otras ajimezadas, ofrece el carácter defensivo para el que también fue concebido. A ello ayudan las numerosas troneras que se reparten por sus muros.
Para acceder a su interior hay que atravesar dos puentes: uno fijo que salva el foso y nos conduce a la barbacana, y otro levadizo que va desde ésta hasta el interior de la fortaleza superando la liza.
Su patio de armas es circular — ¿lo había dicho ya? —, y a su alrededor dos plantas en las que se distribuyen todas las dependencias del castillo. Dichas dependencias se abren a sendas galerías, la de abajo —que corresponde a los servicios del castillo— la conforma 21 arcos de medio punto sobre columnas de sección cuadrada; y la de arriba, con el mismo número de arcos, pero estos son ojivales y ajimezados, por lo que sus columnas, de sección octogonal, son el doble que abajo. En esta planta, además de las estancias palaciegas y residenciales, se encuentra la capilla de San Marcos, el salón del trono y la sala de Jovellanos.
En el centro del patio, un brocal y su pozo, que corresponde con un aljibe subterráneo.
Sobre la galería una cubierta de teja árabe a un agua hacia el patio, y sobre toda la edificación una terraza que, sin duda alguna, es el mayor adarve que he visto, y desde el que se tiene una panorámica excepcional.
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Terraza del castillo.
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